Dibujos sobre una estera de bambú

Viacheslav Kupriyánov

Traducción: Marcia Gasca Hernández y Anna Lidia Vega Serova

 EL MILAGRO DEL NOMBRE

En la corte del emperador Shi Shu había un súbdito llamado Tsin. Un día, un grupo de funcionarios, al pasar, lo vieron parado y decidieron llamarlo: ¡Tsin! ¡Tsin!. Pero él no respondía.

Entonces pensaron que tal vez había muerto y se acercaron a preguntarle si era Tsin. No, no soy Tsin, respondió aquel.

Y los que preguntaban comprendieron cuán miopes son.

LOS MILAGROS DE LA BELLEZA

La joven belleza Len Pik tenía una piel tan lisa que ningún vestido se sostenía sobre su cuerpo, enseguida se deslizaba hacia el suelo. Un día, Len Pik se entristeció mucho y cantó:

Solo la noche

me vestirá.

Amor mío,

¿acaso también tú

caerás

tan rápido

como mi vestido?

Cabe señalar que en el original chino esta canción suena un tanto diferente.

EL MILAGRO DE LA CORTESÍA

Cierta vez, cuando el sol ya declinaba, un objeto de aspecto inusual rodó hasta el pie del monte Lanpei. Los aldeanos que volvían de los campos quisieron recogerlo, pero al no saber su nombre, decidieron no hacerlo y se retiraron con gran respeto. Qué gente tan educada, dijo el objeto, y comenzó su lento regreso a la cima de la montaña.

EL MILAGRO DE LA VIDA FAMILIAR

Una vez, la primera esposa de Liu Guan montó en cólera por la falta de abundancia en su hogar y rompió toda la vajilla. Al recobrar la compostura, comenzó a lamentarse en silencio por su imprudencia.

—Tranquilízate —la consoló su marido—. Dentro de unos años, estos fragmentos interesarán a los arqueólogos del futuro, cuando, con toda seguridad, sobrará de todo, excepto vasijas rotas. Entonces podremos sacarles una suma suficiente como para reparar incluso un hogar tan descuidado como el nuestro.

Qué esposo tan maravilloso tengo, pensó la primera esposa de Liu Guan. Junto a su esqueleto, hasta los trozos de loza tendrán valor.

La segunda esposa de Liu Guan nunca se enteró de esto.

EL MILAGRO EN LA FRONTERA

El jefe del puesto fronterizo de Uy Chu era un tal Chi Chen, que solía desaparecer por largos periodos de tiempo. Nadie impedía entonces que se cruzara la frontera del Imperio Central en ambas direcciones.

Entretanto, Chi Chen era un hombre lobo, y así se descubrió.

El cazador Shi Pe persiguió a una zorra durante mucho tiempo, hasta que finalmente le disparó, le quitó la piel y confeccionó gorros. Salieron muchísimos, muchos más de los que saldrían de una zorra común. Entonces, el asustado Shi Pe comprendió que se trataba del hombre lobo Chi Chen, quien, casualmente, no se encontraba en el puesto fronterizo.

Aprovechando su ausencia, Shi Pe sacó con éxito todos estos nuevos gorros fuera de los límites del Imperio Central.

EL MILAGRO EN LA CACERÍA

Un día, el gobernador de la provincia de Kunze salió a cazar unicornios, que aún no habían sido incluidos en el Libro Rojo debido a la crisis editorial. Por el camino, descubrió a unas personas paradas con grandes bolsas junto al umbral de una choza abandonada. Dejando atrás a su séquito, el gobernador se acercó a galope, detuvo el caballo y preguntó con fiereza qué hacía su pueblo allí.

—Entregamos los envases de vidrio —respondió la gente, sin soltar las bolsas ni romper la fila.

—¿Y esto en horario laboral? —se indignó el gobernador.

—Pero, Su Majestad —respondió el más valiente de los plebeyos—, ¡el punto de recogida funciona solo en horario laboral!

El gobernador se quedó pensativo, no halló qué responder, clavó las espuelas en los costados de su corcel y se apuró en alcanzar a su séquito.

EL MILAGRO DEL UNIVERSO

Un hombre llamado Go jamás se acostaba de día, y de noche era imposible hacerle levantar bajo ningún pretexto ni con ninguna fuerza. Exigía un régimen estricto también a los demás, por lo que hablaba con desdén de los vigilantes nocturnos, a quienes, sin embargo, nunca había visto en persona.

Explicaba su intransigencia con principios cósmicos:

Cuando en una mitad del globo terráqueo todos están de pie y en la otra todos yacen, se produce un contrapeso que obliga al planeta a girar.

Para que la rotación no se detenga, los que están de pie en un lado deben acostarse a tiempo, y los que yacen en el otro lado justo entonces deben levantarse. Así, todos los habitantes del planeta tienen igual oportunidad de admirar el sol.

Hoy en día, el error de Go resulta evidente para muchos. Sin embargo, su fe inquebrantable en la importancia de la existencia humana y en el poder planetario de la rutina diaria sigue despertando admiración, aun cuando hace mucho que no está entre nosotros y, al parecer, ya no participa activamente en el ciclo terrestre.

EL MILAGRO DE LOS DIENTES DE HIERRO

En la época Dian, con el aumento de la longevidad, creció notablemente el número de personas con dientes de hierro.

Los dientes se limpiaban con polvo dental, que pronto se agotó. Cuando vieron que se acabó del todo, dejaron de producirlo. Acto seguido, comenzó a desaparecer también el detergente en polvo. La ropa sin lavar se volvía cada vez más y más rígida, hasta endurecerse tanto que se convirtió en una coraza impenetrable.

La gente, ataviada con corazas y haciendo rechinar sus dientes de hierro, estaba lista para atacar a cualquier enemigo que se cruzara en su camino.

—¡Aún nos queda pólvora en las polvoreras! —coreaban los voluntarios de las primeras filas, hasta que desde atrás les llegó la noticia de que hacía tiempo tampoco había pólvora en venta.

Desconcertados, los voluntarios comenzaron a dispersarse de mala gana, chocando los unos contra los otros. aunque los más pesados solo podían quedarse inmóviles en su sitio. Con la esperanza de que apareciera algún enemigo, seguían refunfuñando:

—¡De todos modos, hay que mantener la pólvora seca!

EL MILAGRO DEL DINERO

Una vez, el Señor de Jade descendió a la tierra y entró en la primera taberna que encontró. Como aún no se había materializado del todo, pasó inadvertido ante el portero.

El dueño tampoco lo reconoció y le ofreció un vaso de vodka de arroz. El Señor de Jade no se negó y bebió, y así varias veces. Cuando por fin se dispuso a abandonar tan maravilloso lugar, el dueño le exigió que pagara.

Entonces ocurrió el primer milagro: el Señor le tendió unos yuanes. El dueño los rechazó, indignado, y el Señor le ofreció dólares, lo cual supuso el segundo milagro. Pero el dueño, cortés, rechazó los dólares también.

Al final, el Señor sacó un montón de rublos, y sucedió el tercer milagro: el dueño los aceptó con gusto. Tras ello, el Señor de Jade se retiró con suma dignidad.

EL MILAGRO CON RUEDAS

Cuando la esposa de Uy Yu dio a luz a su segunda bicicleta, él se llevó un disgusto indescriptible. Gritaba:

—¡La esposa de Lu Pian da a luz motos auténticas! A veces incluso con sidecar, cuando espera gemelos.

En su ira, Uy Yu habría destrozado su miserable morada, pero por fortuna, estaba atado a una cadena de bicicleta. Solo podía hacer girar con un chirrido las ruedas de carreta que tenía en lugar de brazos y también en lugar de piernas, con las que no podía amenazar a nadie, pues se apoyaba en ellas.

EL MILAGRO DE LOS HEMISFERIOS

El emperador Shi Shu promulgó un decreto según el cual el hemisferio izquierdo del cerebro sería considerado occidental, y el derecho, oriental.

Por entonces, ni siquiera se sospechaba que el hemisferio izquierdo se encargaba del pensamiento lógico-abstracto y el derecho, supuestamente, de la percepción figurativa.

Así se empezó a percibir la escritura lineal que llegaba de Occidente, donde, en particular, se afirmaba que el mundo estaba regido por números crecientes, es decir, que mil libras eran mucho mejor que una sola libra.

Ante tal mensaje, los súbditos del emperador dibujaban una flor donde el tallo era un número uno alargado y los ceros formaban los pétalos.

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Luego intentaban oler la flor y, al no percibir aroma alguno, concluían que el dinero no huele y, por lo tanto, no sirve de nada.

Desde Oriente, en cambio, se transmitían los rumores (que aún no habían llegado a oídos de Protágoras) de que el hombre era la medida de todas las cosas, tanto pasadas como futuras.

Esta noticia, captada por el hemisferio derecho, se convirtió en una guía inmediata para la acción, incluso militar. En el caso más simple, si había que medir algo, agarraban al primer hombre que pasaba y lo aplicaban contra las más variadas entidades, con lo cual el hombre quedaba a menudo completamente inservible.

Es más, de medir espacios, en lo que se desgastaron muchos descubridores tenaces, pasaron a medir el tiempo histórico, tarea emprendida por pueblos enteros y numerosas generaciones.

Sin embargo, el hombre, consumido en todas esas mediciones, a menudo desconocía qué era mejor, si Oriente u Occidente, la izquierda o la derecha, y hasta el lugar donde estaban. Se podría decir que le daban tantas vueltas que Oriente acababa entrando en Occidente.

Precisamente tales giros, torsiones y desplazamientos a veces hacían posible una percepción adecuada de esa realidad tan distorsionada: una rara coincidencia de fase.

La probabilidad de semejante coincidencia sigue siendo uno de los milagros del conocimiento humano y no ha aumentado desde que el emperador Shi Shu desapareció. Ni siquiera los libros de historia lo mencionan, ni los de geografía conservan huella alguna de su extenso imperio, que antaño abarcó ambos hemisferios terrestres.

EL MILAGRO DEL ARTE

En la era de la Gran Nivelación de las Montañas, el emperador era E Li-fan, que significa Elefante. El artista Chu, tras largos años de trabajo, erigió en la plaza central de la capital un enorme elefante en pose napoleónica, pero sin el sombrero bicornio, ya que por entonces nadie conocía a Napoleón. Gracias a ello, la cabeza del monumento era lisa, y cuando el emperador pasó a ser O Si-ol, (que significa Burro) en la era del Gran Poblamiento de los Desiertos, el artista Chu erigió sobre aquella cabeza un burro a tamaño natural con un tomo de poemas atrapado en la axila, pues dicho emperador amaba los versos sobre sí mismo. Los desiertos no eran parajes arenosos y estériles, sino vastas llanuras formadas tras la Gran Nivelación de las Montañas, por donde fluían antiguos ríos montañosos.

Como los glaciares que los alimentaban se derretían poco a poco sin regenerarse, comenzó la era de la Gran Confluencia de los Ríos, y entonces gobernaba Shim Pan-tzi, que, por extraño que parezca, se traduce como Babuino. El artista Chu colocó un simio sobre la cabeza del asno, y, para asegurar la estructura, el Babuino se aferraba a las orejas del Burro, de modo que quedó encorvado y con el rostro contraído por el esfuerzo, cosa que, por suerte, la gente sencilla desde abajo no percibía. Pero el propio emperador, siendo de alto rango, se elevó por los aires al visitar su monumento, se miró a la cara y se horrorizó. Entonces, el astuto Shim Pan-tzi ordenó construir una torre de marfil frente al monumento, pisoteando así la memoria de su predecesor más inmediato, y encerró allí al artista Chu, dejándole una única ventana justo frente a la mueca distorsionada del Babuino. Un piso más abajo, a la altura del Asno, instaló a los poetas cuyos versos, según la leyenda, este sostenía en la axila. Asomados a sus ventanas, los poetas caídos en desgracia, sin ver nada más que la cara del Burro, continuaron escribiendo odas a su clarividencia. De ahí nació la célebre expresión ¨torre de marfil¨.

La realidad fue que, al observar la confluencia de los ríos, Shim Pan-tzi enfermó de hidropesía y murió, siendo reemplazado por el Elefante, y comenzó la época del Gran Rescate de las Montañas. Se ordenó desmontar la torre para aprovechar los materiales en la construcción de montañas, los poetas se dispersaron, y el artista Chu, encorvado, temía mirar a cualquiera a la cara. Se retiró al monte aún a medio construir, donde tropezó por accidente con un colmillo de elefante, cayó y murió.

El rumor afirma que murió de viejo, no de miedo. Por orden imperial, lo enterraron en la plaza central bajo las figuras esculpidas por él mismo, cuyo esplendor decidieron no reconocer, pues había comenzado una nueva era. Un escultor joven pero ya destacado que, en sintonía con el espíritu de su tiempo, prefirió permanecer en el anonimato, instaló una estatua que representaba al artista Chu conduciendo al Elefante de las riendas junto con todo su antaño ilustre cargamento.

Así fue como toda la composición se convirtió en un monumento al propio artista, afirmando la eternidad del arte. Y cuando las legiones romanas pasaron por allí, los estupefactos latinos tallaron en el vientre del Elefante la inscripción: ¨ARS LONGA, VITA BREVIS¨ (La vida es corta, el arte es eterno).

EL MILAGRO DE LA DESCONFIANZA

En la era de la Gran Desconfianza hacia los extranjeros, un tal Shun se escondió tras una esquina y, al acercarse su conocido Luy, saltó de repente a su encuentro gritando: ¡Soy extranjero! ¡Soy extranjero!

Luy, a su vez, fingió asustarse mucho y exclamó aterrorizado: ¡Un extranjero! ¡Un extranjero!

Shun comprendió su error y echó a correr. Desde entonces, Luy esperaba la ocasión para recordarle a Shun su maliciosa broma. Pero la oportunidad nunca llegó; las obligaciones del trabajo y el hogar lo mantuvieron ocupado. Shun, por su parte, no volvió a gritar nada, aunque siguió escondiéndose tras las esquinas.

Para que no hubiera gente así en el reino, sería ideal que todas las casas fueran redondas.

EL MILAGRO DE LA LLAMA

Al acercarse a una ciudad desconocida, un viajero vio un resplandor maravilloso en el horizonte.

—¿Qué es eso? —preguntó a sus compañeros de viaje que aparentaban estar informados, ya que no le daban la menor importancia al asunto.

—Están quemando los periódicos frescos —le respondieron—. En esta ciudad tienen la creencia de que la verdad no arde en el fuego, así que solo leen lo que queda tras la quema.

—¿Y acaso queda algo? —se extrañó el viajero, sin dudas forastero.

—Prácticamente nada —le contestaron—, pero los jeroglíficos ardiendo producen una llama tan caprichosa que su fulgor reemplaza la contemplación de la verdad para los habitantes.

Tras semejante explicación, el viajero decidió no bajarse en esa estación a comprar periódicos frescos, prefiriendo dejar a la ciudad las chispas necesarias para su cotidiana contemplación de la verdad.

EL MILAGRO DEL BOSQUE

Cuando en el Imperio Central desaparecieron todos los árboles, los poetas taoístas culparon a los funcionarios confucianos, afirmando que los árboles se habían convertido en papel para los informes sobre la conservación del bosque.

Los funcionarios, a su vez, culparon a los poetas, afirmando que todos los árboles se habían usado para escribir poemas sobre la belleza del bosque.

—¡Los jeroglíficos de nuestros versos son tan perfectos que los descendientes podrán imaginar lo maravilloso que lucía el bosque inmemorial!

—¡Los jeroglíficos de nuestros informes no son menos perfectos, y hablan con elocuencia de la utilidad del bosque inolvidable!

Solo los leñadores no dejaron tras de sí rastro alguno, pues eran indiferentes a la escritura y hasta los árboles les parecían jeroglíficos sin sentido.

EL MILAGRO DEL CONSEJO

Un día a un sabio versado en muchas cosas le preguntaron:

—Hace tiempo que es bien sabido que la música oriental no es comprendida por la gente de Occidente, y que la música occidental, por más vueltas que le des, resulta ajena a los orientales. ¿Qué se puede hacer?

—¿Qué se puede hacer? —repitió el experto. Y aconsejó al instante: — Hay que moverse como si se bailara al ritmo de una y de la otra y, si lo logran, alejarse disimuladamente de ambas fuentes.

EL MILAGRO DEL GOLPE DE ESTADO 1

El cronista Pi Er escribió que los Idiotas vivían en un pantano, donde sobre siete montículos había crecido su antigua capital con una extensa red de subterráneos para el caso de que la ciénaga temblara desde adentro o por si caía en ella un forastero peligroso capaz de sembrar el pánico al hundirse.

Para tener éxito en esa vida pantanosa, los Idiotas debían saber ahogarse unos a otros, y salir ilesos del agua turbia llena de ahogados. El Idiotismo elevaba a todos los que succionaba, y los Idiotas elevados llamaban a los demás hacia las cumbres radiantes del Idiotismo. Los Idiotas valoraban las dificultades, pues respirar en la atmósfera del pantano era complicado, pero en cambio, en los días festivos, el espíritu del Idiotismo ardía con llama azul en cada casa, lo que calentaba los corazones y alimentaba nuevas ideas idiotas.

Todo este idilio idiota solo se veía perturbado por los Cretinos, quienes se hallaban en la más profunda clandestinidad subterránea, descontentos con el idiotismo vigente.

EL MILAGRO DEL GOLPE DE ESTADO 2

El cronista Pi Er escribió que en el pantano de los idiotas finalmente se produjo un golpe de Estado y los Cretinos, descontentos con el Idiotismo imperante, llegaron al poder.

Como resultado, el pantano con sus montículos se hundió, mientras que la clandestinidad profunda con su suelo firme, quedó en la superficie.

Se hizo posible el júbilo general: los Cretinos, apiñados en grupos compactos y tomados de las manos, balanceaban el suelo firme como si fuera una balsa extendida sobre el pantano chapoteante. A este entretenimiento lo llamaron la danza victoriosa sobre los huesos de los Idiotas. Con ellos bailaban ciertos Idiotas selectos provenientes de la extensa red de subterráneos, que habían logrado bajar a tiempo para, en su momento, encontrarse arriba.

Cansados de tanto bailar, planearon nuevas empresas; decidieron ante todo, dedicarse a la perforación para que brotara algo, ya fuera petróleo, gas o justicia histórica.

Cuando algo finalmente brotó y el pantano floreció, los Cretinos pensaron que su vida sería un manantial inagotable, pero fue en vano: junto con el chorro, desde las profundidades comenzaron a llover sobre sus cabezas los indestructibles Idiotas…

EL MILAGRO DEL CEREBRO

El gran sabio Chao Chush revolucionó toda la ciencia mundial sobre el hombre.

Le encantaba repetir que sería bueno darle la vuelta al ser humano, qué pena que él fuera científico y no acróbata de circo. Así, algunas cosas se pondrían en su sitio, lástima que no hubiera suficientes acróbatas para toda la gente.

El núcleo de su nueva doctrina era la idea de convertir el cerebro en médula espinal.

La evolución había tomado un rumbo equivocado, era necesario corregirla con la fuerza de la ciencia y la ayuda de la cultura.

Al principio todo marchaba bien: la médula espinal se desarrollaba e iba haciendo a la criatura espinal cada vez más y más larga, lo que ya era un paso hacia la inmortalidad potencial.

¡Miren a la lombriz de tierra! La cortas con la pala y se sigue moviendo. Algunos avispados le preguntaron para qué cortar la lombriz con una pala, a lo que Chush respondió: ¡Esa es una buena pregunta! Si no existiera el cerebro, tampoco habría aparecido la pala.

Pero resulta que la evolución tomó un camino erróneo, la médula espinal empezó a enredarse, se formó un nudo, y de ese nudo nació el dichoso cerebro.

En vez de desatar el nudo, encima surgió el cráneo y ya no era tan fácil acceder al cerebro. Además, por encima del cráneo se formó el rostro, en el que emergió una expresión singular.

Y la verdad es que, si se desenredara el cerebro, con la criatura lineal resultante se podría dar varias vueltas al globo terráqueo, tanto por el ecuador como por los meridianos.

Es curioso que los países situados a lo largo del ecuador no participen en el proyecto de Chao Chush; no quieren estar tropezando con su propio ecuador en un futuro cercano.

En cambio, los países situados a lo largo de los meridianos están muy interesados en llevarlo a cabo. Esto se nota porque allá los precios de las palas comunes han subido de manera monstruosa.

EL MILAGRO DE LA ESPADA

Un día, Li Ju, un canalla y villano de la peor calaña, aunque hábil luchador, atacó a Ji Lu, un consumado asesino a sueldo, tomándolo en la oscuridad por un hombre decente.

Apenas Li Ju tuvo tiempo de blandir su espada, cuando Ji Lu percibió el soplo del movimiento, sacó su espada con la rapidez del rayo y le cortó la mala cabeza al sinvergüenza justo en el fatídico instante en que la suya propia se separaba de su cuerpo ágil.

Li Ju, que había estado más de una vez en aprietos similares, logró atrapar la cabeza cortada de su enemigo y, al sentir que la suya se desprendía, colocó la ajena en el lugar libre, mientras que el intrépido Ji Lu hizo lo mismo como en un reflejo de espejo.

Las temerarias cabezas, adheridas a los nuevos cuerpos, comprendieron enseguida que se había producido un lamentable malentendido, sin embargo, a ambas les sobró sensatez como para no volver a blandir las espadas. Se inclinaron cortésmente una ante la otra y se marcharon con sus cuerpos perecederos en direcciones opuestas.

EL MILAGRO DEL IMPERIO CENTRAL

Cuando los peregrinos de I-Tsing llegaron al manantial donde habitaba la Pitia, le preguntaron:

—¿Hasta cuándo seguirán destrozando el Imperio Central? Los de arriba lo tiran hacia arriba, los de abajo lo arrastran hacia abajo, y los de los extremos se llevan todo lo que yace mal en los bordes.

La Pitia, embriagada por los vapores históricos, profetizó:

—Mientras el sabio piensa, el necio tira.

De esto los peregrinos dedujeron que a su regreso en el medio del Imperio Central se abrirá un enorme agujero, en el que ellos mismos podrían desaparecer al pisar los bordes desgarrados.

Y se quedaron allí adonde habían llegado, en calidad de eruditos escitas.

EL MILAGRO DE LA LECTURA

Una vez, el emperador Tsin Shi-juan decidió averiguar qué decían de él sus súbditos. Al igual que el legendario Harún al-Rashid, abandonó el palacio en secreto, se mezcló con la multitud y se sumergió en los túneles del metro.

Estaba muy cansado de gobernar el antiguo Estado, pero ninguno de sus súbditos se molestó en cederle el asiento, pues todos leían con afán libros antiguos, siguiendo los jeroglíficos con el dedo. Debido a la lectura, los súbditos guardaban silencio, y el gobernante no pudo escuchar ni una sola palabra sobre su mandato.

Indignado, Tsin Shi-juan se bajó en la siguiente estación y regresó al palacio a pie, sin cruzarse con nadie por el camino, ya que los peatones huían en direcciones opuestas en cuanto se divisaban unos a otros.

Al día siguiente, el emperador promulgó su célebre decreto sobre la quema pública de todos los libros, lo cual se ejecutó según consta en las crónicas históricas que, a decir verdad, aparecieron mucho tiempo después.

EL MILAGRO DE LA UNIVOCIDAD

Un tal Wan respondía a todas las preguntas de forma unívoca:

—¡Ese es otro cantar!

Le decían:

— Nos esforzamos de mil maneras y nada resulta, aconséjanos al menos tú qué hacer.

Él respondía:

—¡Ese es otro cantar!

Y una vez le preguntaron:

—¿Cómo podemos hacer que este mundo sea más justo?

—Ese es otro cantar —respondió Wan.

Y, aunque estaban en un pueblo, todos lo llamaban el tonto de la ciudad.

EL MILAGRO DEL ROMPECABEZAS

Un tal Wan poseía unas facultades craneales absolutas.

—¿Puedes partir una vara de carreta con la cabeza? —le preguntaban.

—¿Una vara? ¡Si me consiguen una, la parto!

Los interrogadores, un poco desconcertados, le ponían una tarea más sencilla:

—¿Y puedes romper con la cabeza la bóveda celeste, para que podamos ver el mecanismo del universo?

Wan respondía sin dudarlo:

—Romperla no tiene ciencia, pero ¿quién me garantiza que no van a estropear el mecanismo?

Ahí todos empezaban a dudar y a mirarse de reojo, hasta que el más atrevido le insistía con malicia:

—¿Y puedes provocarnos con tu cabeza un quiebre radical de la historia?

Wan los miraba condescendiente y respondía:

—El punto de quiebre aún no ha llegado.

Todos se dispersaban y murmuraban con fastidio: ¨Vaya, el muy canalla puede, pero no quiere…¨.

EL MILAGRO DE LA ACUÑACIÓN

En el sur del Imperio Central proliferaron los falsificadores de moneda. Todo comenzó con la afición por la artesanía popular y el cálculo mental.

La artesanía popular perfeccionó el arte de la acuñación, y el cálculo mental hizo que se acuñaran números cada vez mayores. Empezaron a circular monedas por valor de 1000, 5000, 10 000 y más cifras.

Con estas monedas era imposible comprar algo útil, salvo otras obras de arte de acuñación, por lo que no se tomaba ninguna medida contra los estafadores ni había recursos para ello.

Mientras tanto, los numismáticos del mundo vecino se interesaron por esas monedas y elevaron tanto sus precios que el sur del Imperio Central comenzó a enriquecerse vertiginosamente. La población empezó a dividirse, crecían las disputas internas y se fortalecía la conciencia de clase.

Entonces se decidió realizar una reforma monetaria para atrapar a los malhechores con monedas de menor valor, pues las de mayor se fugaban al extranjero de manera misteriosa. Se introdujo una nueva unidad monetaria inspirada en el antiguo tugrik mongol.

Pronto se descubrió que circulaban muchos más tugriks de los que había acuñado el tesoro estatal. Era imposible distinguir los auténticos de los falsos, ya que los sensibles aparatos para el control solo podían adquirirse en el extranjero, y ningún país quiso venderlos a cambio de tugriks.

Las noticias procedentes de la lejana Mongolia Interior causaron un desconcierto aún mayor. Allá, sin razón aparente, empezó a disminuir la masa de los tugriks propios. No existían fronteras con este khaganato ni en el espacio ni en el tiempo, lo que probablemente salvó al sur del Imperio Central de la invasión mongola.

Las contradicciones dentro de la propia Mongolia Interior condujeron, como es bien sabido, a la toma del poder por parte de Gengis Kan y a sus crueles campañas de conquista, que impusieron durante largo tiempo un pesado yugo en muchos países inocentes, y en Rusia dieron origen al correo de postas.

El sur del Imperio Central, incluso sin invasión, ralentizó su desarrollo histórico. El tugrik, esa extraña unidad monetaria, atrajo hacia sí todo el amor por el dinero, natural de aquella época salvaje, y el amor por lo extraño y ajeno no favorece la creación de lo normal y propio.

La conciencia de vivir del dinero ajeno minó la fuerza espiritual de la incipiente intelectualidad local. Ni siquiera les alcanzó para la primera revolución industrial, y la economía del sur se quedó estancada en un nivel antediluviano.

En compensación, en ciertos lugares de la región se conservó una encantadora naturaleza virgen, cuya belleza puede juzgarse por las imágenes de su famosa acuñación, que aún hoy gozan de gran demanda entre los ricos turistas extranjeros.

EL MILAGRO DEL VIOLÍN

El violinista navega en mar abierto y toca el violín. Son prácticamente dos artes imposibles de unir: navegar y hacer música al mismo tiempo. No muchos pueden logar esto. Un buen violinista le toca a las aves del cielo cuando emerge a la superficie, y a los peces marinos cuando se va bajo el agua. Un mal violinista, cuando emerge, en lugar de tocar para las aves, sacude el agua de la caja del violín, y cuando lo cubre una ola, en lugar de tocar para los peces, se queja de que tiene en sus manos un violín y no un violoncelo, navegar sobre un violonchelo fuera más fácil. Resulta que un violinista malo también es un mal nadador.

Por eso, cuando escuches un violín en el mar, significa que el músico es un buen nadador.

EL MILAGRO DEL ÁRBOL

Un árbol crece y poco a poco sobrepasa a todos los demás árboles. Se queda solo en la tierra vacía, y cuando sus raíces ya han envuelto todo el globo terráqueo, el árbol se transforma en un ave rapaz, que lleva en sus garras el único huevo de cuyo cascarón, esa ave, como ella misma piensa, hace tiempo que salió. Por eso no puede entender de ninguna manera por qué no lanza ese huevo vacío.

Eso ya nadie lo puede comprender.

EL MILAGRO DEL FUEGO

Un buzo no se hunde en el agua, y un bombero no arde en el fuego. No hay porqué asustar al buzo con el agua ni al bombero con fuego. Los disgustos ocurren cuando toda el agua en la que chapotea el buzo se la echan en la cabeza al bombero que está durmiendo para informarle que ha comenzado un incendio.

EL MILAGRO DEL EQUILIBRISTA

El equilibrista va por una cuerda a la que no se le ve el fnal. Debajo se agita un océano que bulle. Una niebla escurridiza se eleva, ahora ya no se ve no solo el final de la cuerda, tampoco los puntos bajo los pies, y por muy habilidoso que sea el equilibrista, se despeña. Menos mal que cae al agua. Lo malo es que el agua está hirviendo. Pero no hay mal que por bien no venga, el agua se evapora. A través de la niebla que se desvanece el equilibrista ve que se halla en el fondo de una gran caldera que se estrecha hacia el fondo. Al tratar de salir de ahí el equilibrista balancea la caldera, al fin esta se vuelca, pero el hombre no se cae, y menos mal, porque de otro modo habría caído al fuego en el que se calentaba la caldera. El equilibrista se adhiere con las plantas de los pies al fondo volcado, golpea las paredes y se convierte en el badajo de la campana, que anuncia el incendio. Las lengüetas de fuego debajo confirman la justicia del alarmante sonido de la campana.

EL MILAGRO DEL EMBUTIDO

El hombre por fin encuentra el embutido deseado. Este es tan grande que él no cree que eso esté ocurriendo en la realidad y se apresura a comérselo. Cuando se ha comido una cantidad razonable del embutido adecuado, comienza a comer para acumular reservas, y como masticar ya le resulta aburrido, simplemente se lo traga entero, lo que le resulta muy difícil, pero el hombre no se rinde, y eso no es en vano, porque al final siente un enorme alivio al tragar, puesto que el embutido ya ha salido de su trasero. Continua tragando con placer, hasta que choca con un trasero ajeno. Eso lo desconcierta, pero enseguida advierte que el trasero ajeno se aleja de su boca si no traga tan rápido. Cuando se ha acomodado a la velocidad requerida, continúa tragando el embutido que sale del trasero ajeno, y entonces siente que alguien ha chocado con su trasero, significa que ya no puede detenerse, incluso si lo desea. Al mismo tiempo, comienza a sentir un calor creciente, baja la vista con trabajo y advierte una llama ardiendo. El embutido comienza a girar lentamente y se convierte en un asador, en el cual el propio hombre también comienza a girar, para que una de sus partes no se caliente tanto, y pensó en esto con alivio, sin embargo, la otra parte comenzaba a freírse lentamente, lo que por supuesto, no le gustaba. Lo último que le vino a su recalentada cabeza fue una conjetura: miren cómo se hace el embutido deseado.

EL MILAGRO DE LA FILOSOFÍA

Al filósofo que enseñaba que todo es fuego que lo atraviesa todo y arde eternamente, por decisión de mentes frías lo condenaron a morir en la hoguera por hereje.

Encendieron una enorme hoguera y el filósofo, empujado por un experimentado verdugo y por el pueblo, servicial pero inculto, penetró en las llamas. Cuando la hoguera se apagó, la multitud vio con indignación al filósofo ileso, solo cubierto de un negrísimo hollín; en ese fondo especialmente deslumbrante se destacaba su sonrisa.

—¡Pero si es negro! —exclamó alguien—, ¡linchémoslo!

No obstante, decidieron informar sobre ese inconveniente milagro al gobernador, a quien consideraban sabio.

—¡Ahogadlo de inmediato! —dispuso en el acto el sabio.

Custodiaron al filósofo hasta el río y entre todos lo lanzaron al agua. El agua comenzó a borbotar y levantó una columna del líquido hirviente, que casi quemó a los curiosos, quienes habían comenzado a lanzar piedrecitas al agua. Después de esto el filósofo no apareció más.

—Su Majestad, ¿cómo adivinó que al hereje había que ahogarlo de inmediato? —preguntaron al gobernador en el noticiero de la noche.

—Esa es la dialéctica —respondió el sabio gobernador, mirando su reloj—. Lucha de contrarios.

—Entonces, quizás no habría hecho falta encender la hoguera —preguntó el conductor, para alargar el encuentro con un hombre importante.

—Sin eso el agua podría no haber borbotado —halló su respuesta el gobernador, y todos los que escucharon y vieron eso, se echaron a reír con gran placer.

EL MILAGRO DE LA TRADUCCIÓN

Para tratar de entender a los embajadores del Estado opuesto los hombres al mando se dirigieron de nuevo al traductor:

—Entonces, ¿quieren combatir o no quieren?

El traductor tradujo esta pregunta a los embajadores y, habiendo escuchado su respuesta, en la lengua que solo ellos entendían, proclamó:

—Quieren, pero no van a combatir.

 Poco tiempo tras la partida de los embajadores comenzó la guerra, la cual, por lo inesperado, al principio la tomaron por una guerra civil. Tras comprender lo que había sucedido, para animar al pueblo, decidieron ante todo, ejecutar al traductor.

—¿Por qué lo tergiversaste todo? ¿Resulta que ellos dijeron que no querían combatir, pero lo harían? —le preguntaron antes de la ejecución. El traductor movió dudoso la cabeza, que en el acto se decidió fuera truncada.

Se escuchó el golpe seco del hacha del verdugo y por el cadalso se deslizó un diccionario, cuyas páginas producían un extraño susurro, ese diccionario era lo único que había en la cabeza del desdichado. El verdugo lo atrapó y, bajo los gritos de aprobación de la multitud, lo alzó sobre la suya, oculta bajo la máscara. La ejecución fue consumada.

EL MILAGRO DEL CRÁNEO

El científico U Chan, al encontrarse con un mono, le dijo: —Escucha, mono, ha comenzado la guerra por el título de hombre. Toma tu palo, y en lugar de tumbar plátanos, golpea a tus prójimos por la cabeza. En respuesta recibirás lo mismo. Esa es la educación a través del castigo. ¿Por qué el castigo? No importa por qué, sino para qué. El principio de la causa es menos importante que el principio de la conveniencia. Al aceptar el golpe con un simple palo como un golpe del destino, el cráneo comienza a crecer a despecho de los golpes, y con el cráneo, también el cerebro, que ocupa el espacio que aumenta dentro del cráneo. Después, la selección natural hace lo suyo, sobreviven las personas que recibieron la mayor cantidad de golpes con el palo, ya que la cantidad se transforma en calidad, lo que será señalado por los antropólogos, cuando estos comiencen a hacer sus excavaciones.

Así resultó todo.

EL MILAGRO DE LOS PENSAMIENTOS ELEVADOS

Un tal Zhun estaba repleto de elevados pensamientos. Pero no había manera de que los expresara, por temor a que cualquier gentuza los oyera y los tergiversara.

Además, Zhun inventó un medio de mejoramiento total del mundo, pero no pudo ponerlo en conocimiento de la humanidad, siempre lo detenía la idea de que este mundo no era lo suficientemente malo como para mejorarlo.

Además, todo el tiempo temía caer en alguna historia ruín. La historia mundial —y qué puede ser más ruín que eso— confirma en cada una de sus páginas que él lo logró.

EL MILAGRO DE LA DESAPARICIÓN

 El científico U Chi enseñaba que a los sabios de Occidente a menudo no les alcanza la vida para incluír en su campo visual inmóvil componentes cada vez más pequeñas del universo: átomos, electrones, fotones, etcétera.

Un sencillo monje del Oriente, con una concentración inteligente, agudiza tanto su punto de vista que se ve a sí mismo dentro de cualquier pequeña partícula que desaparece, de modo que no siempre le alcanza su vida para regresar a sus propias dimensiones.

EL MILAGRO DE LO FUGAZ

U Chi a menudo decía que cualquier persona en esta tierra es digna de un suspiro. Algunas son dignas de una mirada atenta. Hay que meditar con serenidad sobre las palabras que se han grabado en el alma. En un lugar desconocido es mejor recelar de un encuentro casual. No es pecado hablar con una mujer agradable, incluso si es desconocida.

EL MILAGRO DEL SUEÑO

El gran filósofo y poeta U Chi enseñaba que la vida es un sueño que sin falta se hará realidad. ¿Vale la pena entonces ocuparse de asuntos sobre los que piensas con horror o con repugnancia? ¡Ni que Dios lo quiera que algo así se repita!

¿Vale la pena renunciar a aquello que quisieras vivir en la realidad de nuevo?

En otras palabras, ¿vale la pena acrecentar lo inservible y reducir lo encantador y bueno?

EL MILAGRO DEL ENCUENTRO

Los jóvenes que vinieron a mi encuentro no me resultaron todavía tan jóvenes como para que yo pudiera envidiar su juventud, conseguida con una salud rimbombante, al contrario, en cada uno de ellos se ocultaba un peligro inconsciente de fractura, una fragilidad no superada, una vacilante falta de culminación, cuya calidad no se puede sustituír con la cantidad, dicho sea de paso, no muy grande; al hacer un examen más minucioso quedó claro que eran solo tres, además, uno de estos seres resultó ser del sexo femenino, la voz, precisamente la voz, revelaba la pertenencia de género, casi pensé: la orientación, pero la orientación no se puede adivinar de un vistazo, y además, qué sentido tiene para mí la orientación ajena, en realidad, si en la calle no estuviera tan oscuro se podría adivinar el rostro en todo su esplendor y lograr enamorarse de él al instante, a pesar de la imposibilidad de que hubiera un sentimiento recíproco, y se podría haber pensado en cierta asimetría de todo este pequeño grupo: dos y una, con cuál de estos dos ella simpatiza más, pero eso tampoco es tema para ponerse a pensar, ya que esos tres asimétricos no me prestaron la más mínima atención, aunque en realidad no tan poca como para atravesarme, ellos me evitaron hábilmente, me adelantaron, igual que una ola evita a un desconocido que entra en el mar sin siquiera salpicarlo, a veces las olas giran de ese modo, pero eso es en el mar, y aquí, donde no domina el mar, sino la multitud, esa ligereza de movimiento puede apreciarse como delicadeza, y a causa de esto me llené de un sentimiento de agradecimiento hacia ellos, que ya se habían alejado bastante de mí, es que si ellos hubieran sido mayores y más fuertes habrían podido borrarme de la faz de la tierra, pisotearme y ni advertirme, o peor aún y mucho más desagradable, quitarme el abrigo, arrancarme el gorro de la cabeza, robarme la cartera, enfurecerse al descubrir que la cartera está vacía y que el abrigo tiene el forro remendado, y quien más se habría enfurecido habría sido la muchacha, que hace tiempo ya se había convertido en mujer, y había conocido todas las posibles desilusiones reservadas para ella por nuestro mundo, que cambiaba con la edad no para mejor, y acaso no resultaría yo el culpable de todo esto, un experto, vagando con indiferencia si saber a dónde, sin tener siquiera algo decente, cuya posesión provocara un repentino acceso de felicidad en el corazón extenuado de un hombre maltratado por el destino, y acaso no soy yo precisamente esa variedad de persona, para qué salí a pasear con ese abrigo viejo y ese gorro gastado, y por qué no coloqué en la cartera siquiera una pequeña suma, capaz de encender el fuego en unos ojos acostumbrados a mirar hacia la luz, como hacia el peor lado de las tinieblas, pero quién sabe cuál debía haber sido esa pequeña suma, si yo no disponía de ella en el momento dado, y en definitiva —si reflexionamos de ese modo—, qué bien que ya yo no detenía mi vista en los que pasaban por mi lado, que hasta me rozaban con el hombro, con las mangas del abrigo, a veces de más calidad que el mío, sin hablar ya de los gorros más caros y más modernos, que se sostenían magníficamente en sus cabezas, donde sin duda pululaban sus propias ideas, con las que yo no tenía absolutamente nada que ver, y me convenía mucho el hecho de que mis ideas, parcialmente ya extraviadas y olvidadas por mí, no eran y espero que nunca se conviertan en patrimonio de aquellos que gracias a Dios, no saben leer las ideas ajenas a distancia, más aún, que no asimilan su sentido incluso cuando son expresadas, como se dice, directo en la cara y en ocasiones son repetidas, gritadas, cantadas, escritas, publicadas, impresas, leídas, relatadas ya en mi propio nombre, a mí mismo, a otros conocidos y desconocidos, y a su vez, escuchadas por mí de nuevo.

EL MILAGRO DE LOS BORDADOS

Mucho se ha escrito sobre cómo aparecieron los Bordados en la estera de bambú. Cuando un gobernante oriental leyó estas composiciones envió a Occidente a sus súbditos para que ellos encontraran al compositor. Mientras tanto, el compositor dormía en una estera de bambú. Allí lo encontraron los súbditos y para despertarlo comenzaron a golpearlo con los palos de bambú que les habían servido de bastón en el camino. Así aparecieron los “Bordados”.

Según otra versión, los Bordados eran anteriores, luego el compositor le vendió el manuscrito a un comerciante, que iba en una caravana a la India, y ya con el dinero obtenido se compró la estera de bambú.

El comerciante se enfrascó tanto en la lectura del manuscrito que en lugar de llegar a la India, llegó a West-India y resultó ser uno de los descubridores de América. Por eso precisamente Los bordados resultaron ser la base del folkclore americano bajo el nombre de Bordados en el lomo de un caimán desecado. La propia palabra “bambook”, desaparecida producto de la barrera idiomática entre China y América, renació con la invención de la imprenta, el papel y los tipos móviles ya en forma abreviada: “book” desde entonces en inglés significa “libro”. Esto, a su vez arroja luz sobre la introducción de los libros en Inglaterra: vinieron de América.

Entonces, por primera vez los Bordados fueron leídos en Occidente, y comenzaron a buscar al autor para pagarle sus honorarios, pero este, que ya había recibido en su momento unos justos honorarios por parte del Oriente, en definitiva no apareció.