Crisálidas —Cuadros vivientes—(fragmento)

Daniela Hodrová

Traducción: Héctor F. Santiago Pérez, con el apoyo del Ceské Literární Centrum.

Cuadro nonagésimo segundo

Al señor Sysel[i] le ha vuelto ese picor alérgico justo en la zona de la barriga donde le había salido una pústula roja. Esa pústula roja se ha convertido en el centro transitorio del cuerpo del lingüista, un centro oculto de dolor cercano al placer. Todos los pensamientos del señor Sysel se concentran en él. El lingüista desearía poder arrancarse su piel de roedor, que parece estar a punto de desgarrarse justo por ahí. Pero ¿y si debajo de esa piel grisácea de roedor apareciera otra capa de piel de roedor afectada por la misma dolencia?

El señor Sysel deja a un lado el compás con el que acaba de marcar un pequeño círculo sobre el pasaje de La desproporción del ser humano de Pascal en el que el filósofo habla del destino del pensamiento humano. Pascal afirma que no importa dónde se sitúe el centro de dicho pensamiento, este siempre acabará por evidenciar que se encuentra infinitamente alejado del ámbito de lo inteligible, y al precipitarse en círculos concéntricos hacia el abismo del tiempo y del espacio, siempre volverá a toparse con la inevitable desproporción que existe entre ese pensamiento y lo que no es capaz de abarcar. El señor Sysel coloca el compás lo más lejos que puede para no caer en la tentación de rascar con su aguja el centro de su ser. Pero el señor Sysel no puede resistirse más, su mano alcanza ya el compás, la aguja roza ya el centro de su ser, la pústula roja ha reventado ya y el cuerpo del lingüista experimenta ese dolor cercano al placer.

Durante la cena, el señor Sysel les lee a Sofie y a Hynek un fragmento de Pascal, justo el pasaje que acababa de marcar con un pequeño círculo; les lee sobre el abismo al que se precipita el ser humano en su camino desde sí mismo y hacia sí mismo (¿es así que se precipita el señor Sysel al Foso de los Ciervos que hay debajo del sillón?). Al terminar, Sofie le pregunta a su padre si esa sensación de la que habla el filósofo Pascal podría compararse con la sensación que experimenta ella cuando camina por la ciudad. Hay momentos en los que acaba perdiéndose y ya no está segura de ser realmente Sofie Syslová.

Al señor Sysel le hace gracia la comparación de Sofie. Esa es su forma de hacer las cosas, compararlo todo consigo misma, reducirlo todo a cuestiones concretas. Por supuesto, Sofie puede interpretarlo así para entender mejor el pensamiento de Pascal, aunque no es eso exactamente a lo que se refiere el filósofo. Y el señor Sysel afirma que cualquier hecho trascendental sucede justo en ese lugar angosto, si bien inquietante hasta el vértigo, en ese lugar-desfiladero (¿es posible que el señor Sysel esté pensando en un túnel?), que se abre entre dos seres de una misma acepción y dos acepciones de un mismo ser. Se alude pues a la existencia de dos palabras con un mismo significado y a dos significados de una misma palabra, a la sinonimia y la homonimia (esta puntualización la dirige al poeta, ya que la pequeña tejedora difícilmente podría entenderla), que está relacionada con la asimetría propia del signo lingüístico, tal y como afirma Kartsevsky.

¿Y a qué se refiere Sofie con que a veces no sabe quién es? Sofie no consigue explicárselo a Hynek del todo bien. Dura apenas un momento, esa sensación hace que la cabeza le dé vueltas (¿no ha mencionado su padre el abismo y el vértigo?). De pronto tiene la sensación de haber estado antes en el lugar en el que se encuentra, mucho tiempo antes, y sin embargo no era del todo ella misma, sino alguien que se le parece. Y en esas ocasiones, siempre la invade una extraña sensación de tristeza salpicada de felicidad. Hynek Machovec también conoce esa sensación. —Debe ser una sensación inherente al ser humano, ¿no cree, profesor? —Hynek Machovec se dirige al lingüista esperando que confirme sus palabras—. Algunas personas deben de percibirlo con mayor intensidad. —Y puesto que el lingüista guarda silencio (quizá esté pensando en ese pastor evangélico, tocayo del filósofo, cuya vida se encuentra conectada de forma extraña con la del lingüista), Hynek Machovec añade que nadie debería entregarse a esa sensación más de la cuenta, no es sano. Uno podría acabar por invadir la conciencia de esa otra persona y quedar atrapado en ella.

Sofie mira al poeta con horror. ¿En serio podría suceder algo así? ¿Significaría eso acaso que el cuerpo de esa persona estaría aquí y su alma en algún otro lugar? Pero entonces… Hynek Machovec asiente. En verdad no es nada bueno que Sofie se entregue constantemente como una pompa de jabón llevada por el viento cada vez que, sin venir a cuento, la embarga esa sensación.

Sofie está tumbada sobre la cama, se da la vuelta de un lado a otro y de pronto vuelve a percibir esa extraña sensación. Le parece estar suspendida en algún lugar entre el cielo y la tierra, algún lugar mucho más elevado que el tendedero del patio, puede que a la altura de un quinto piso, donde estuvo alguna vez el cuarto de su niñez. Sofie no está segura de si acaba de salir de ese cuarto o si acaba de volver a entrar… Esta vez no cuelga cabeza abajo como aquella en la que Křídlo la sujetó para bajar por la alcantarilla, ni cabeza arriba como el acróbata sobre el trapecio o como el ahorcado Fiala, sino que está suspendida, más bien flota en el aire en posición horizontal, como en la superficie de un lago, o mejor dicho, justo bajo la superficie. Este acto de estar suspendido y a flote (cuando sucede sobre el agua, se le llama hacer el muerto), que dura una fracción de segundo, pero a la vez podría durar perfectamente décadas enteras, una eternidad, acaba siempre transformándose en algo tenso, en una especie de espasmo. Ese espasmo recorre ya el cuerpo de Sofie. La visión a vista de pájaro que tiene Sofie (¿o de quién se trata?) del monte al que llaman el Cadalso y del barranco de Žižkov se nubla de repente, de forma que la que flota ya no está segura de la posición de su cuerpo ni de dónde se ubica el cielo y dónde la tierra, que entretanto han cambiado de lugar varias veces. Y es entonces cuando se avecina esa sensación de vértigo: el cuerpo, que experimenta una metamorfosis prodigiosa, se encabrita como al hacer el puente, los talones tocan la parte superior de la cabeza, y se resquebraja después de arriba abajo.

Sofie Syslová (¿o de quién se trata?) palpa su cuerpo con la mano y percibe una grieta del ancho de un dedo que la atraviesa desde la nuca hacia abajo, hasta llegar a los pies. ¿Y quién intenta abrirse paso al mundo a través de esa grieta longitudinal, Alice Davidovičová, Rut Kadlecová, Nanynka Šmídová, o Sofie Syslová otra vez? ¿Surgirá de ella una mariposa, o será de nuevo solo una larva (¿cuántas van ya?) esperando mudar todavía varias veces de piel?

Cuadro nonagésimo tercero

—Ciertamente, se trata de una ninfa —afirma el señor Turek desde el Cementerio de Olšany. —¿Una ninfa? —contesta sorprendido Diviš Paskal—. Entiendo que me ha malinterpretado, señor Diviš. No me refiero a una ninfa como lo fueron Circe o Calipso, ninguna sirena infundida de amor por un mortal, aunque entiendo que estará usted perfectamente familiarizado con ese tipo de historias. —Diviš Paskal asiente, por supuesto que conoce esas historias. En su acepción entomológica, se entiende por ninfa una larva o crisálida, que puede parecerse o no al insecto adulto, en proceso de metamorfosis paulatina, inconclusa. Aunque el señor Diviš de seguro entiende ya a dónde quiere llegar el señor Turek. El caso más interesante es el de aquellas larvas que en ese estadio adquieren una forma distinta (a esto se le conoce como hipermetabolismo o hipermetamorfosis). Desde luego, no es el caso de Sofie Syslová, esa muchacha de la Plaza Komenský, el señor Turek no querría para nada aventurar semejante afirmación. De todos los casos, el que siempre le ha sorprendido más es el de los efemerópteros. De las larvas de estos insectos surge una forma similar al insecto adulto, con alas incluso, que todavía ha de experimentar una fase más de la metamorfosis. A estas formas se les conoce como subimago.

¿Todavía no comprende el señor Diviš el sentido de esta parábola? Puede incluso que esta vez ni siquiera se trate de una parábola, al fin y al cabo, en el señor Turek esta es una forma natural de hablar. En esta ocasión, el señor Turek ha utilizado el ejemplo entomológico para explicar un fenómeno que tiene su analogía en el ser humano. ¿No ha visto nunca el señor Diviš alguna de esas ninfas colgar de algún lugar? La mayoría de las ninfas son parásitas, como es el caso de las garrapatas y de las avispas sable. —¿Pero qué tiene eso que ver con Sofie Syslová? —protesta impaciente Diviš Paskal. —¿Acaso nunca ha percibido usted, señor Diviš, cómo en un determinado momento a esas ninfas se les nubla la vista, el cuerpo entero se les contrae y comienza entonces el instante de la transformación, su piel de larva empieza a resquebrajarse, y de ella…?

El señor Diviš comprende ahora de qué se trata. ¿Acaso insinúa el señor Turek que esos episodios de letargo que le suceden a Sofie, en los que la vista se le nubla y el mundo gira ante sus ojos, son en realidad momentos en los que otra persona intenta abrirse paso a través de ella? Es precisamente en esos momentos en los que siente una mayor atracción hacia Sofie Syslová.

El señor Turek asiente. Hace tiempo que se percató de la forma en la que el señor Diviš mira a Sofie Syslová. Hubo un tiempo en el que miraba de esa misma forma a Nanynka Šmídová y después a Alice Davidovičová, aunque entonces no se encontraba en su misma orilla. Y lo mismo le sucede ahora. Esa ninfa le interesa precisamente porque no se encuentra aquí, sino allí, o mejor dicho, se encuentra allí y a la vez un poco aquí. Así es el señor Diviš, aunque a ojos de los demás esas inclinaciones suyas resulten siniestras. Y el señor Turek suspira, pues se ha acordado del señor Klečka, al que no ha vuelto a ver desde la última vendimia de Olšany.

—Usted fíjese bien en sus extremidades, señor Diviš. ¿No tiene por casualidad tres garras? —Diviš Paskal niega con la cabeza. No, nunca ha visto algo así. —Pues bien, señor Diviš, a ese tipo de larvas que tienen tres garras en sus extremidades se las conoce como triangulín. Espera sobre una flor a que pase algún insecto al que poder agarrarse. Fíjese bien, señor Diviš, antes de que se transforme en una larva en su segundo estadio y engulla el huevo de su huésped. Posteriormente, volverá a transformarse una vez más, abandonará el nido y se cobijará en la tierra. Allí pasará el invierno aletargada como prepupa, capaz de sobrevivir sin nada de alimento. Ya en primavera, se transformará por tercera vez y hará un capullo con la piel de su predecesora.

—¡Quién iba a decir que podía resultar tan complicado! —suspira Diviš Paskal—. Esa cantidad de transformaciones: de larva a prepupa, de prepupa a larva y luego otra vez a crisálida, hasta convertirse en escarabajo. —¿Pero cómo puede saber Diviš en qué estado se encuentra Sofie Syslová? ¿Y acaso quería con su parábola el señor Turek decir que Sofie ha elegido a Diviš como su huésped? Diviš Paskal se inquieta ante semejante posibilidad.

Al señor Turek se le escapa una sonrisa condescendiente. El señor Diviš debe llegar a esa conclusión por sí mismo. Que mire bien si Sofie Syslová tiene tres garras. En ese caso se trataría de una Meloe violaceus, una aceitera violácea, caso prototípico de insecto que sufre sucesivas transformaciones, un claro ejemplo de hipermetamorfosis.

Notas

[i] N. del T. En la obra de Daniela Hodrová aparecen numerosos personajes cuyo nombre o apellido contiene un significado simbólico relacionado con su vida, algún hecho histórico, rasgos de su carácter o rasgos compartidos con otros personajes que evidencian su conexión en la trama de la obra. En este fragmento, es el caso del señor Sysel y Sofie Syslová (Sysel hace referencia al suslik europeo o Spermophilus citellus, una especie de roedor que habita las llanuras de Europa Oriental), Hynek Machovec (en clara alusión a Karel Hynek Mácha, principal exponente del Romanticismo checo), Křídlo (ala) y Diviš Paskal (en referencia a Dioniso y al Cordero Pascual). Se ha decido mantener los nombres originales en checo, pues cualquier intento de castellanización de los mismos nos resulta forzado.

Sobre la autora

Daniela

Daniela Hodrová (1946, Praga) es una teórica de la literatura, traductora, poeta y novelista. Estudió lenguas y culturas checa, rusa y románica, así como literatura comparada. Sus novelas son eruditas, de sensibilidad posmoderna y a menudo están estrechamente ligadas a una experiencia íntima de Praga y sus misterios. Ganadora del Premio Nacional de Literatura (2011), el Premio Franz Kafka (2012) y el Premio Magnesia Litera (2016). Sus libros se han publicado en varios idiomas, entre ellos inglés, alemán, francés, búlgaro y polaco.