Joaquín Márquez
Resultado de una investigación iniciada en 2023 por el escritor, crítico y profesor en Literaturas eslavas Eugenio López Arriazu, Borges balcánico. La recepción de J. L. Borges entre los eslavos del sur aborda una zona hasta hoy inexplorada por la crítica. Además, supone la comparación crítica entre dos literaturas periféricas o menores, lo que no es habitual en este tipo de estudios. López Arriazu parte de su lectura de la obra de Borges, que señala que su procedimiento central es el desdoblamiento. Este difumina fronteras —entre el autor y el narrador, la biografía y la ficción— a la vez que produce una serie de tensiones irresueltas (Desde su llegada a comienzos de la década de 1960, los Balcanes han leído en Borges la proliferación de los desdoblamientos: allí “la síntesis devino yuxtaposición alógica y ya no reconcilia los contrarios: los hace explotar” (López Arriazu, 2026: 43). La propuesta del libro entonces es identificar y leer en los escritores de los Balcanes al Borges anticanónico e irónico, al que desestabiliza los discursos y escapa a las clasificaciones para crear nuevos sentidos. La distancia temporal, cultural y geográfica hacen posible recuperar al otro Borges y añaden un nuevo episodio a las lecturas de este autor, que parece susceptible de “inagotables repeticiones, versiones y perversiones” e incluso, como aquí, de recreaciones (Borges, 2008: 82). En síntesis, se trata de una propuesta de doble alcance.
El segundo capítulo ofrece un panorama detallado del contexto de recepción de la obra de Borges entre los eslavos del sur. Desde las primeras traducciones de comienzos de la década de 1960 en Yugoslavia, pasando por Serbia, Croacia y Eslovenia, donde las traducciones de gran parte de su obra en varios volúmenes indican un interés generalizado por este autor, hasta Bulgaria —cuya primera traducción es de 1989— donde su ingreso es explosivo y mantiene actualmente mayor vigencia. Allí, Cuba lo había censurado por su apoyo a Pinochet y al Golpe militar de 1976 y, luego de que firmara una solicitada a favor de las Madres de Plaza de Mayo, lo había quitado de la lista negra.
En los primeros textos introductorios que presentan al argentino en los Balcanes entre las décadas de 1960 y 1980, se observa el prestigio creciente del autor y su evaluación según la estética oficial del realismo, aunque en distintos sentidos. En cuanto a la crítica, el auge se produjo durante los años ’80 y ’90 en Serbia, done aparecieron varios artículos, se organizó un Simposio Internacional en 1996 y recientemente la revista académica Beioiberística le dedicó un número.
Aunque al comienzo traza una cartografía de muchos autores eslavos cuyas escrituras dialogan con Borges, el libro recorre en orden cronológico las escrituras de cinco autores representativos de la región balcánica, quienes desarrollaron una forma peculiar y recreativa de leer a Borges. Poniendo en práctica el postulado de “Kafka y sus precursores”, López Arriazu cuestiona la idea de influencia literaria para proponer que estos escritores modifican la lectura de Borges, es decir, al leer a Borges se percibe la impronta que ellos le dieron.
El primer hito del recorrido es el de Pavao Pavličić, parte de los “fantásticos croatas” quienes, en la década de 1970 en Croacia, emprendieron una defensa de la autonomía literaria —que incluía una mejora en la calidad narrativa, con un nuevo lenguaje y un mayor desarrollo del cuento— que dejaba de lado el compromiso del escritor y el realismo socialista. El crítico Branimir Donat los acusa de haber tomado de Borges varios supuestos literarios que oponen la literatura a la vida social: escapismo, juego aleatorio, irresponsabilidad, manierismo, amoralidad. En realidad, López Arriazu argumenta que los “fantásticos croatas” pusieron la autonomía en función de la vida, con lo cual quebraron la hegemonía del realismo socialista. Pavličić concibe el fantástico como una renovación de los procedimientos literarios en el que la fábula asume la noción de cambio, por lo que ocupa un lugar central; recuperar la fábula equivale a conectar la literatura con la vida. Los mundos imaginarios del fantástico alegorizan sobre nuestra forma de entenderlo, lo que se observa en sus relatos de El barco de agua, que reivindican la literatura como juego y una concepción antimimética, que rechaza su función utilitaria.
En esta polémica sobre la autonomía, López Arriazu observa un fenómeno análogo al sucedido con Borges y el fantástico unas décadas atrás en Argentina, quien también había discutido la hegemonía realista y el compromiso del escritor y había recibido críticas similares. Además de la exclusión del gótico y el trabajo autónomo con la forma, ambos fantásticos se caracterizan principalmente por la tematización y la concepción innovadora de la lectura, que provoca un desajuste con las convenciones que rigen el mundo. De allí su potencial crítico y la posibilidad de revisar la tradición; por esta capacidad de renovación, Borges será considerado en Croacia un precursor del posmodernismo.
En contraste con la vía autónoma del fantástico, el crítico reconoce una apropiación realista de procedimientos y tópicos borgeanos en la obra del serbio Danilo Kiš, aunque este los vincula con la singularidad de la vida, los dota de un sentido ideológico e histórico, lo que extrema su vanguardismo, a punto tal de volver esa obra “contraborgiana” (López Arriazu, 2026: 96). Ambos autores usan material documental para sus ficciones, pero mientras que las biografías de los personajes borgeanos constituían una síntesis del destino humano, Kiš pone en escena la singularidad histórica de cada vida y la perspectiva de los vivos. La enciclopedia y la biblioteca resumían buena parte de los temas, argumentos y procedimientos del argentino; por su parte, Kiš hace de la biblioteca un procedimiento ideológico crítico de las jerarquías de poder y de la enciclopedia una forma de enlazar subjetividad con material histórico para abordar la particularidad de las biografías de La enciclopedia de los muertos. Estas diferencias se expresan en las dos concepciones distintas del antinacionalismo. Pese a que los dos deconstruyen los mitos nacionales, muestran la precariedad de los relatos nacionales y reivindican el uso libre de la tradición, Kiš no entiende a esta como una relación entre dos autores, sino como un palimpsesto sin jerarquías, ni opone el individuo al Estado, sino que la literatura universal tiene como contracara el eurocentrismo y el colonialismo, a los que cuestiona. De este modo, al Borges clásico universal para el que el mundo es un sueño, Kiš contrapone el realismo y la ética del escritor en búsqueda de una verdad estética ligada con la realidad histórica objetiva, transformada en pesadilla.
¿Cómo transformar un cuento de Borges en una novela? Aunque este los oponía, esa es la pregunta que indaga el libro a través del examen de las transformaciones del cuento “Undr” y de otros elementos de su obra en la novela Antorchas y lágrimas del esloveno Andrej Blatnik. Así, los relatos incrustados, que daban verosimilitud al cuento, en la novela son índices de causalidad orientados hacia la vida. En el cuento, los discursos no literarios mostraban la imposibilidad de las clasificaciones (la brecha entre las palabras y las cosas); en cambio, en Blatnik forman la “técnica del cambalache”, que pone de manifiesto la ausencia de cualquier instancia de legitimación de las fuentes (resulta imposible distinguir el discurso de un loco del de un científico) (López Arriazu, 2026: 146). Al igual que Borges, el esloveno se vale de vidas de biografías “reales”, pero las sustituye por otras ficticias y simbólicas que introducen preguntas sobre el poder, la tecnología y la literatura. Por último, si la biblioteca de Babel delineaba un universo opresivo en el que ya todo está escrito, en la novela aquella es transformada en una realidad distópica, no totalizable en un libro, que persigue captar los flujos del poder que subyacen.
El punto más novedoso de la recepción balcánica de Borges se halla en el último capítulo, en el que se analizan las recreaciones posmodernas del autor argentino en dos casos: el de la reescritura de “Pierre Menard, autor del Quijote” por el esloveno Aleksa Šušulić y en las operaciones en la obra del búlgaro Gueorgui Gospodínov. “Pierre Menard, avtor Kihota” de Šušulić consiste en una repetición literal, traducida al esloveno, del cuento de Borges. A ello le añade un conjunto de notas al pie metaficcionales reales y ficticias basadas en Borges, que tienden a borrar la frontera entre ambos autores y a poner en duda la autoría del texto; no hay por qué suponer —reflexiona López Arriazu— que el texto pertenece a Borges. Más aún, algunas de esas notas señalan que el cuento proviene de la literatura del propio Borges, por lo que estaríamos frente a un paradójico “autoplagio” (López Arriazu, 2026:159). Ambos escritores comparten una concepción de la literatura y del autor que tiende a difuminar las fronteras; sin embargo, la ficción proveía un orden; en cambio, la yuxtaposición de notas del esloveno suprime todas las jerarquías y hace del texto literario un juego significante, que borra al autor para colocar en el centro el rol renovador de la lectura. Las notas también incluyen referencias a los críticos europeos de “Pierre Menard”, con lo cual la crítica se vuelve ficción. Las lecturas de Steiner, Genette y Eco buscaban descubrir una verdad oculta en las profundidades del texto, lo que es rebatido por el juego libre de los significantes de las notas de Šušulić, siempre abierto a nuevas lecturas y “donde cualquier verdad se diluye” (López Arriazu, 2026: 180)[1]. Si, de acuerdo con Borges, al reescribir el Quijote en otro contexto, Pierre Menard enriquecía el texto, la traducción de Šušulić al esloveno en 1989 no solo modifica su título, sino que dota al cuento de nuevos sentidos. En este punto, López Arriazu realiza dos operaciones notables: en primer lugar, compara el proyecto de Pierre Menard —un francés que escribe el Quijote en español— con la traducción de Šušulić del español al esloveno —que mantiene en sus idiomas originales los títulos de las obras que aparecen en las notas originales. La concepción borgeana de la lengua y la tradición como reservorio compartido es transfigurada así en un “cocoliche universal” (López Arriazu, 2026: 184). En segundo lugar, en el “Apéndice 3” del libro, López Arriazu vuelve a traducir del esloveno al castellano el cuento de Šušulić, con lo cual prolonga la operación estética de este autor para concluir que, en el cuento de Borges, es posible leer el de Šušulić.
Por su parte, Gospodínov construye a Borges como un precursor funcional de su literatura. En “La octava noche”, opone la ceguera, sobre la que el Borges tardío construye su figura de autor, a la sordera. A diferencia de los ciegos literatos ilustres y valientes que reciben la ceguera como un don, en ese relato la sordera es un destino funesto y un castigo que se cierne sobre el bisabuelo del autor, quien queda sordo por el miedo que le provoca una oveja a la que confunde con un fantasma. Para la sordera, el canto poético responde a una falla comunicativa y su efecto es el mundo visto como amenaza. Gospodínov parte de la premisa de la literatura como caos; de allí la mezcla de registros y la aparición de los monstruos políticos posmodernos en su obra. Esta, como la de su precursor, cuestionan el estatuto de la realidad, pero Borges lleva a cabo un cierre trascendente, mientras que Gospodínov permanece en el humor y el horror. A la ceguera como don heroico le responde con una posición de escritor más humana y desacralizada.
Asimismo, la ceguera es fundamental en el cuento “Vaysha, la ciega”, incluido en Acerca del robo de historias y otras historias, el primer libro de relatos de Gospodínov y clave de su obra posterior. López Arriazu interpreta estos relatos como la protagonista ciega del cuento quien, incapaz de ver el presente, ve con un ojo el pasado —el mundo comunista que es objeto de una mirada distante, humorística y satírica— y con el otro el futuro —nuestra realidad actual observada desde el posmodernismo. En este marco se inscribe Gospodínov, cuyos relatos llevan a cabo una serie de operaciones que apuntan a la noción de “historias”: estas pululan, se fragmentan y se entrelazan con otras novelas del autor. Además de reconocer la politicidad de toda historia, desjerarquizarlas y desacralizarlas, plantea la necesidad de reapropiarse, disputar y poner a circular las historias apropiadas por el poder. La desconfianza en las representaciones, así como el carácter ficcional de los discursos ideológicos, que ya estaban en Borges y que Gospodínov radicaliza, mantienen plena vigencia en nuestro presente. En consecuencia, las operaciones de este último sobre el autor de Ficciones invitan a leer, borgeanamente, no solo el uso de este por aquel, sino al propio Borges como posmoderno.
A contramano de las lecturas críticas en Argentina en las que Borges es el paradigma de la literatura moderna, Borges balcánico reconstruye cómo se fue gestando la lectura de este autor en términos del posmodernismo. Como en los relatos de Borges, esta revelación retrospectiva que organiza y da sentido a lo anterior solo se descubre al final. Ahora bien, así como se diferencia del Borges moderno, el Borges de los Balcanes tampoco coincide con el clásico universal, que en la universidad norteamericana suele motejarse de posmoderno. Aquí surge una primera paradoja: este segundo Borges, clásico y universal, es el que hizo posible el acceso y la difusión en los Balcanes del Borges anticanónico, irónico e irreverente.
Dicho esto, López Arriazu nos recuerda que la caracterización de posmodernidad del autor argentino no es novedosa, que fue abolida por la realidad multipolar actual y que, principalmente, el debate carece de sentido por esencialista. Con lucidez, sostiene que el posmodernismo es una etiqueta para una manera de concebir y practicar la literatura de las últimas décadas, que se caracteriza por otorgar preponderancia a la metaficción, la intertextualidad, la mezcla de géneros altos y bajos, una actitud lúdica y una percepción no objetiva del mundo y el borramiento de la frontera entre autor y obra, que otorga un rol fundamental a la lectura. Mencionadas estas características, resulta comprensible la irradiación de un autor como Borges en la región. Más allá del posmodernismo, importa la potencia de la lectura de Borges en los Balcanes, donde funciona como un indicador y una herramienta creativa de una nueva tendencia y sensibilidad literaria.
Desde esta visión retrospectiva, el libro traza una breve evolución de la relación de los autores balcánicos con Borges desde fines de la década de 1960: ni en la época de los “fantásticos croatas” ni en la de Kiš se había planteado la cuestión del posmodernismo. En contraste, Antorchas y lágrimas de Blatnik es considerada paradigmática de este movimiento; tanto en Pavličić como en Šušulić, se encuentra una impronta y una percepción posmodernas; por último, cuando Gospodínov comienza a publicar, Borges ya era leído como un autor plenamente posmoderno.
A modo de cierre, ya que se trata de un libro sobre el autor de “El Aleph”, puede formularse una última paradoja: Borges posmoderno parece erigirse como un gran relato crítico totalizante, es decir, precisamente aquello que el posmodernismo vendría a destituir. En este sentido, la categoría de posmoderno reorganiza la obra de Borges bajo un nuevo principio de unidad, al tiempo que Borges balcánico recupera un Borges abierto e inorgánico, emancipado de las lecturas canónicas y definido por la proliferación de sentidos antes que por su clausura.
Bibliografía
Borges, J. L. (2008). “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”. En El Aleph. Buenos Aires: Emecé, pp. 52-55.
López Arriazu, E. (2026). Borges balcánico. La recepción de J. L. Borges entre los eslavos del sur. Buenos Aires: Dedalus, 2026.
Notas
[1] Se refiere a la trascendentalidad de Steiner, la utopía de Genette y la abducción de Eco. No obstante, es posible preguntar si esta afirmación no funciona, también ella, como una nueva verdad. En otros términos, si es posible prescindir de toda postulación de una instancia de verdad en la lectura.