Anton Donchev y su cuento “El Regreso”

Introducción y traducción: Gerard Hofman

Donchev

Anton Donchev nació el 14 de septiembre de 1930 en la ciudad de Burgas y falleció el 2 de octubre de 2022 en Sofía. Se graduó en la escuela secundaria de la ciudad de Véliko Tárnovo y en Derecho por la Universidad de Sofía. Su padre era un empleado que trabajaba para el servicio postal búlgaro, por lo que la familia se mudaba muy a menudo de una ciudad a otra: Turnovo, Tsarevo, Burgas, Pomorie. Su primera publicación fue el reportaje „Светлите нишки“ [Los hilos brillantes] en la revista Отечествен фронт [Frente patriótico] (1946). Publicó cuentos, ensayos, reportajes, artículos y guiones de cine. Un lugar central en la obra de Donchev lo ocupan las novelas históricas. Su primera novela es de 1956, Пробуждане [Despertar], pero ganó popularidad con la novela Време разделно [Tiempo de separación] (1962) que escribió en sólo 41 días. En sus novelas, el escritor utiliza realidades históricas sobre las que construye la narrativa artística de la identidad búlgara y sus estereotipos nacionales: familia, patria, pasado trágico y majestuoso, lengua, fe, etc. El libro se llevó al cine en 1987, con un título modificado: Време на насилие [Tiempo de violencia]; la película fue nominada al Oscar como mejor película en lengua extranjera (Spasova).
Un aspecto menos conocido del autor son sus cuentos de ciencia ficción dedicados a vuelos espaciales y encuentros con otras civilizaciones. Su cuento más famoso, „Завръщането“, «El regreso», fue premiado en el concurso de la revista Космос [Cosmos] y publicado en ella en el número 6 del año 1963. Космос (editada entre 1962-1995) fue una revista búlgara de divulgación científica y ciencia ficción, dirigida a un público joven. La revista fue muy popular en su tiempo y alcanzó tiradas de 210.000 ejemplares en los años setenta y ochenta del siglo XX. Contenía literatura de ciencia ficción de autores internacionales: Isaac Asimov, Dan Simmons, Frank Herbert, Arkadi y Boris Strugatski, David Brin y Philip K. Dick, etc. (Martchev, 2022). Dos importantes autores de ciencia ficción búlgaros de estos años fueron Pavel Vezinov (1914) y Liuben Dilov (1927) (Colombo, 1981).
“El Retorno” fue traducido y publicado en antologías de ciencia ficción rusas, rumanas y alemanas (Кондратьев). La traducción aquí presentada es la primera en español.

EL REGRESO

Se despertó. Normalmente se despertaba despacio con su cerebro luchando por salir del mundo de los sueños, de los medios tonos y las medias sombras, para volver a la nave, bajo la luz brillante de las lámparas eléctricas. Por lo general, mantenía los párpados cerrados durante mucho tiempo antes de mirar las familiares constelaciones de luces, flechas, grados y números.
Esta vez se despertó de repente, los controles remotos se enfocaron, el corazón le latía con fuerza en el estómago, en la garganta, en los ojos ciegos.
Una manecilla que llevaba treinta años parada temblaba ahora sobre su eje. Entonces se escuchó una voz, una voz de un hombre en la Tierra. La voz habló en un idioma desconocido.
Su mano derecha alcanzó la manecilla por sí sola. Pero cuando abrió la boca para hablar, no salió ninguna voz.
La otra voz seguía llamándolo.
Se miró en el espejo diseñado para el autocontrol y la autovigilancia. Desde allí lo miró un hombre desesperado, arruinado y trastornado.
—Estás loco —le dijo a su propia imagen—. Ya llegó el momento. Regresaste. ¿Por qué se te caen las comisuras de los labios? Entonces, levantalos despacio, levantalos. Sos un ganador. No sonrías, fruncí los labios. Ya no vas a necesitar sonreírle a nadie. Sos rico. Sos fuerte. No, las bolsas debajo de los ojos no desaparecerán. Esto se debe a la sobrecarga de aceleración. Pero puedo eliminar las arrugas de mi frente. Soy rico, soy fuerte. Estoy alegre. No tocaré el dinero. Sólo firmaré cheques. Regalaré diamantes.
Poco a poco pudo arreglar sus rasgos faciales. Tocó cada uno de ellos con sus pensamientos, despertó en su corazón alegría, coraje, desprecio. Modeló su rostro hasta conseguir que se pareciera a las caras que adornaban su habitación juvenil treinta años atrás. Como las caras de las personas fuertes e independientes que no se inclinaban ante nadie.
Sólo evitaba mirarlo a los ojos, como si temiera ahogarse en ellos. Sintió que su mirada en el espejo era temerosa, penetrante, indagadora.
La voz del otro hombre desde la Tierra continuó gruñendo con insistencia. Mi corazón había dejado de latir con fuerza, pero me dolía mucho y era insoportable.
—Aquí está B 207 RZ —dijo—. Aquí está B 207 RZ. ¡Regresé! ¡Regresé! ¡Ya estoy de regreso!
La voz de la Tierra no hablaba inglés. Tampoco hablaba ruso.
—¡No! ¡No! ¿Ud. habla español?
En Acapulco se hablaba español. Vio de nuevo las largas playas, el mar, la espuma y la gente, mucha gente semidesnuda. Tontos que disfrutaban del sol y no sabían qué felicidad infinita es tocar el cuerpo de una persona distinta. El dolor en su corazón lo convulsionó de modo que su rostro se contrajo de nuevo.
—Aquí está B 207 RZ. Trato de hablar un poco de español. Estoy de regreso.
—¡Bienvenido! ¡Bienvenido! ¡Bienvenido! ¿Cuándo se fue?
—Hace treinta años.
—¿Hace treinta años? Hay interferencia en su transmisión. ¿Qué reflector de fotones tiene su nave?
Sólo entendió la palabra reflector de fotones.
—Sistema Luchko-Zenger.
—Imposible. No hay naves con tales reflectores desde hace cincuenta años. Desde hace cincuenta años, toda la gente conoce el idioma común.
—¿En qué año estamos ahora?
El otro respondió.
Fue así. Nadie creía que mientras él había vivido treinta años, hubieran pasado cien en la Tierra.
Vio un pasillo muy largo, como el de un hotel o de un hospital, sobre el que a intervalos regulares caían puntos de luz. Era una calle con un cordón de lámparas. En la parte inferior había una figura blanca. Era una mujer. Quizás su madre. Tal vez no.
Cien años. Un siglo.
En la bodega de su nave hay una tonelada de diamantes. Y el cadáver de su amigo. Le hará un monumento. No sobre el suelo. Subterráneo. Donde no llega la luz de las estrellas. La gente caminará por un largo, largo pasillo, con una hilera de lámparas arriba, entrando y apagándose de la luz a la oscuridad, y por fin verán la estatua de su amigo. Puede hacerlo de oro puro. Pero lo hará de mármol blanco. Encargará al mejor escultor que viva hoy en día en la Tierra.
—Encontraron el número de su nave. Lo pregunté a la estación intermedia. Usted se fue hace ciento un años. Lo felicito.
¿Qué le estaba diciendo? ¿Lo encontraron o lo estaban buscando? En ese momento, aprendió los verbos de dos en dos: bajo – subo, nazco – muero, busco – encuentro. Busqué – encontré. Encontré diamantes. En el otro extremo del universo. Allí está la baliza con la petición. Nadie lo discutirá. ¡La puta madre! Dejemos que la United Company defienda sus derechos. Dejemos que otro cave en la arcilla azul.
—Lo estoy conectando con la estación interestelar. Lo estoy conectando. Al instante, la otra voz habló en inglés. Una voz femenina.
—Bienvenido. ¿Quién está hablando? Han viajado tres personas.
Él dijo su nombre.
—¿Y los otros dos?
Él guardó silencio. La voz también se quedó en silencio.
—Por favor, hable —dijo con voz ronca.
—Vamos a enviar una nave a recogerlo. Las estaciones actuales no están equipadas para recibir una nave de su tipo, con su reflector.
¿Qué pregunta era esa? La voz no podía ser silenciada. Todavía le dolía el corazón; de hecho, más que antes.
El otro capitán tenía treinta años. Un hombre apuesto y fuerte. Como él mismo lo había sido hace veinte años. Nunca se había parecido al otro, ése no había sonreído cuando no le daban ganas.
Por fin estaban ante él, verdaderos hombres de carne y hueso, el jefe de la estación interplanetaria y el capitán de la nave espacial que se había dirigido a su planeta. No lo habían tocado, y él no los había tocado: estas estaciones eran un purgatorio para los astronautas que regresaban del espacio.
Parece que todo fue en vano. Durante más de cien años la gente aprendió a fabricar diamantes mejores que los suyos. No era rico porque no había pobres ni ricos en la Tierra. Había presentido que algo andaba mal en la Tierra cuando excavaba en la arcilla azul del lejano planeta, pero siempre había pensado que los humanos eran malvados por naturaleza y nunca se entenderían entre sí. Ya no existía la United Company ni había signos personales ni solicitudes ni abogados de la ley cósmica.
Frente a él había mapas y fotografías del planeta lejano que consideraba suyo desde que habían muerto sus dos amigos.
No sacó estas fotografías de los telefotógrafos de su vieja y maltrecha nave espacial.
Fueron hechas por ese tipo atractivo de ojos azules con los satélites, radiosondas y teleobjetivos de otra nave espacial, ni estadounidense ni rusa. Él, el que volvió, el sobreviviente, había demorado treinta años en llegar al planeta lejano, y el otro, el joven, hizo el viaje en tres años y regresó joven.
—Aquí es donde estaba su radiobaliza —dijo el joven—. Ustedes han encontrado el mejor lugar para aterrizar.
Allí había una franja de arena, como se veía en la foto: arena rodeada, por un lado, por el mar y, por el otro, por un bosque tropical.
—¿Vio las olas gigantes? —preguntó el joven—. Es difícil ver algo más hermoso.
Allá había una franja de arena de varios kilómetros de ancho. Era imposible entrar al bosque. El cohete había aterrizado en la única elevación, junto al mismo bosque. Mientras dos trabajaban, el tercero miraba hacia el mar. De vez en cuando, a veces dos o tres veces al día, olas gigantes, de decenas de metros de altura, surgían del mar y se dirigían hacia la orilla. Cuando la ola golpeó la arena, los tres tuvieron que esconderse en el cohete. Una vez, cuando el agua verde entró y sacudió la nave, solo había dos personas en la cabina mirándose. El tercero no regresó. La ola verde bullía en los ojos de buey y luego retrocedía. Durante un tiempo infinito, gotas de agua corrieron por el cristal y se enroscaron…
—No recuerdo si era atractivo, —respondió de manera seca.
Los dos del otro lado lo miraban fijos. ¿Sintieron pena por él? Le gustaría tener ahora frente a él el espejo del autocontrol.
Entró una tercera persona, dejó algo y se fue.
—Usted no podrá regresar a la Tierra pronto —dijo en voz baja el jefe de la estación interplanetaria.
Ahora también salió el capitán que estuvo en su planeta.
Él se quedó de pie con los ojos cerrados, convocando desde cada rincón de su ser cada gramo de resistencia. Muchas veces se había sentido exprimido como una esponja, pero ahora le parecía que ya no podía más. Él, quizás ya un anciano de noventa años permanecía con los ojos cerrados, sin avergonzarse del jefe de la estación interplanetaria.
—¿Estoy enfermo? ¿Dónde me infecté? ¿En el planeta lejano? ¿De qué?
—Mire —dijo el otro —ésta es su sangre.
Abrió los ojos y vio una imagen de muchos colores, con muchas figuras vagas, comas, puntos, zigzags, como un extraño cielo estrellado, o como una extraña piedra cortada por la mitad, con criaturas nadando y congeladas en su interior. Tomó la foto. No entendía nada de los caracteres escritos entre comas, puntos y zigzags.
—¿Es del planeta lejano?
—Usted se ha contagiado enfermedades que existían en la Tierra hace cien años. Durante generaciones se curaron de ellas. Ahora tiene que curarse.
Miró el cuadro.
—No puedo escapar de mi sangre —dijo.
Aquellos puntos y comas podían ser virus de cáncer y peste o signos de codicia, egoísmo, odio. Da igual. Había nacido en una época en que esos virus flotaban en el aire y en la sangre de los hombres. Ahora lo están aislando y eso es justo.
¿Estaba equivocado? Vivía según las leyes de su tiempo, de la parte de la Tierra donde nació. ¿Estaba obligado a entender ya entonces que los demás tenían razón?
¿Cuándo lo dejarían ir a la Tierra?
Vio de nuevo playas, no la playa de un planeta lejano, sino la playa de Acapulco, con su gente semidesnuda.
—¿Tiene algún medicamento para el corazón? —preguntó.

***

Llevaba en la mano un trozo de papel con varios nombres. Delante de cada uno de ellos había una cruz. Antes también ponían cruces delante de los nombres de los muertos, como signo de esperanza de que había algo más allá de la cruz. Ahora sólo eran signos de tachadura.
Llevaba treinta años enteros pensando en aquella gente. Llegó un momento en que no sabía si pensar en ellos como vivos o como muertos. Siguió pensando en ellos como vivos. Pero sentía una terrible incertidumbre.
Ahora ya no podía pensar en ellos como vivos.
Cuando vivía en la Tierra, dividía los países y las ciudades en claros y oscuros. Donde no había alguna persona cerca, la ciudad estaba a oscuras, aunque vivían en ella millones de personas. Todos se movían con rostros oscuros. Y la persona que estaba cerca parecía sostener en su puño una vela que iluminaba su rostro. Y una luz recorría la ciudad.
Ahora toda la Tierra a la que se había estado dirigiendo estaba envuelta en oscuridad. Se sentó en su cama con los hombros encorvados, los codos sobre las rodillas y sintió el peso de la Tierra con todo su ser. No era la Tierra, el peso de la estación interplanetaria era artificial, pero de igual modo era peso. Durante muchos años soñó con este peso. Ahora lo estaba oprimiendo a él. Cada vez que estaba ingrávido y flotando por la cabina, sentía una necesidad irresistible de tocar algo. Lo sentía incluso ahora, a pesar de que tenía los pies en el suelo, las caderas en la cama y los codos en las rodillas.
Se sentó y olvidó la ley fundamental de los astronautas: no relajarse. Los monjes alguna vez desterraron al diablo de sí mismos, los astronautas tuvieron que desterrar cualquier pensamiento de debilidad, desconfianza y derrota. Se estaba olvidando del espejo de control, de los hechizos que devolvían sus rasgos a sus lugares designados. “Soy fuerte, soy vigoroso, venceré”. No se sentía ni fuerte ni vigoroso y sabía que había sido derrotado.
Algo brilló sobre la puerta, habló una voz femenina. Alguien quería entrar.
Entró una mujer. Por primera vez desde su regreso se encontraba con una mujer.
Se puso de pie.
El mundo que creó tales mujeres debe haber sido un mundo hermoso y bueno. Ya no era joven y el poder del creador del mundo era más evidente en los años en que la había moldeado.
Ella se acercó y le tendió la mano. Era aún más parecido a un sueño porque no podía tocarla.
—Bienvenido —dijo—. Tengo derecho a tocarlo. Soy médica.
Ella tenía derecho a tocarlo. Estaba a solo un paso de él. Y él la miró a los ojos. Por primera vez, no se estaba mirando a sí mismo en el espejo de autocontrol. Los ojos ajenos no devolvían su imagen como él mismo la veía, había en ellos otra imagen, la propia.
No podía ver al viajero estelar impotente, cansado y derrotado. Vio al hombre que durante treinta años siempre se afeitaba cuando sabía que el sol salía en la Tierra. El compañero de dos muertos que lloró solo dos veces en treinta años. Junto con su tonelada de diamantes, que ahora valían tanto como una tonelada de carbón, recibió un trasplante de rostro gratis. La cara que vio, era como una de las que se ve en las habitaciones de los jóvenes.
Y ella le mostró esa cara. En sus manos sostenía lo que parecían periódicos viejos, y desde cada página miraba su cara.
—La tierra lo saluda —dijo ella—, miles de millones de personas quieren verlo. Los científicos están pensando en cómo encontrarse con la gente de forma más segura. Extendió su mano hacia adelante. Ella le tendió la cara, pero él tomó su mano. No sabía si ella todavía estaba allí con los ojos cerrados o si los cerró más tarde cuando apoyó la palma en su frente también. Era mejor que cualquier cosa que hubiera soñado, y para él la Tierra pasó de ser un planeta oscuro a ser una estrella.
—¿Otros como yo a veces regresan? —preguntó.
—Muy pocas veces. Los científicos se dieron cuenta de que en los viejos reflectores de fotones se producían procesos nucleares que, después de años, convertían las naves por un instante en pequeñas estrellas.
—He tenido la suerte de volver.
—Mi mejor amigo se fue en una nave espacial con un reflector magnético.
—¿Va a volver a la Tierra?
—Volveré en algunos años. Ahí están mis hijos.
¿Podrá todavía tener hijos después de treinta años de permanecer junto al reactor, después de atravesar tormentas de radio y remolinos espaciales?

***

Se dirigió al jefe de la estación interplanetaria y le pidió que le mostrara el mapa de las rutas de las antiguas naves espaciales que regresaban de sus viajes por el universo. En el mapa del sistema solar vio las líneas redondeadas de sus trayectorias. Surgieron de los bordes del mapa. Ningún rasgo tocó la Tierra. Se parecían a los rastros de meteoros que destellan y se desvanecen en la atmósfera terrestre antes de tocar la Tierra.
Colocó su palma sobre el mapa y cubrió la delgada maraña de caminos.
—Deme una patrulla. Déjeme estar de guardia en esta plataforma.
El otro lo miraba. No tenía derecho a darle una nave estelar. En todo caso, se necesitaban consejos, deliberaciones y acuerdos.
—Está bien —dijo.
El otro sabía que nadie lo juzgaría.
El que regresaba miró al otro a los ojos y sonrió.
—Me temo que me está malinterpretando. No es que quiera conocer a la gente que regresa para no sentirme solo. Quiero decirles que no están solos.

Bibliografía

Дончев, Антон (1963). „Завръщането”, en Фантастично читалище: Списание „Космос“, Sofía.
Дончев, Антон (1968). «Возвращение», traducción al ruso de L. Khlinova, en la antología Человек, который ищет, Moscú.
Colombo, John Robert (1981). «Science Fiction in Bulgaria», en: Science Fiction Studies, 8: 2, Greencastle, pp. 187-190.
Martchev, Milen (2022). «The World of Cosmos: Science and Fiction in Bulgaria in the Second Half of the 20th Century», en: Slavia Iaponica 25, Sapporo, pp. 27-47, https://drive.google.com/file/d/1uWMZjfBk7efOeV3EnyDXtn0jVjSYeIdg/view?usp=sharing
Кондратьев, Сергей Вениаминович, Антон Дончев «Возвращение», en: Лаборатория Фантастики, https://fantlab.ru/work75219
Спасова, Адриана, “Антон Дончев”, en: Речник на българската литература след Освобождението: aquí.

Volver al índice