Julia Sarachu
Entre la noche del sábado 20 y el domingo 21 de diciembre del 2025, murió el último partisano esloveno, Bernardo Vodopivec, a la edad de 99 años, en su casa en la ciudad de San Luis, mientras dormía, sin darse cuenta, sin molestar a nadie. Los eslavistas de Argentina lo recordaremos con cariño y admiración, nuestro héroe adoptado por la Nación Argentina. Y por siempre, querido Bernard: Smrt fašizmu, sloboda narodu!
Vivía rodeado de su familia, en especial su hijo Ernesto, que lo cuidó con muchísimo amor y dedicación, su nuera Norma, nietos y bisnietos. Pero, ¿por qué recordarlo especialmente, qué mensaje nos deja su partida?
Bernardo nació en 1926 en Tabor de Dornberk, una aldea eslovena a 15 km de Gorizia, en la frontera con Italia. Cuando tenía 12 años, estalló la Segunda Guerra Mundial y sus hermanos fueron reclutados e involucrados en la guerra de diferentes maneras. Bernardo se quedó en casa junto a su madre, completamente solo a cargo de las tareas del viñedo. En 1943 el ejército italiano lo movilizó junto a muchos otros jóvenes eslovenos a un campo de trabajo en el sur de Italia. Cuando cayó Mussolini, fueron liberados y regresaron a pie a sus aldeas, caminaban de noche y de día se refugiaban en casas de familia, para no ser capturados por el ejército alemán y enviados al campo de concentración. Cuando llegó a su casa, su madre lo recibió y le dijo que no podía quedarse, porque los alemanes hacían requisas todos los días. Solo durmió una noche en el hogar, al día siguiente por la mañana fueron a buscarlo los partisanos, le dieron un fusil y tuvieron que escapar hacia las montañas en medio de una avanzada del ejército alemán sobre el territorio con tanques de guerra y camiones. Se ocultaron en las montañas del bosque de Ternovo, pasaron el invierno a la intemperie, durmiendo bajo una capa de musgo, porque no podían prender fuego para no ser detectados, y tuvieron muchos enfrentamientos con el ejército nazi: “Ellos con tanques, nosotros con fusil”. Por eso Bernardo no aceptaba cuando decían que en Eslovenia durante la Segunda Guerra Mundial hubo una guerra civil: “Yo sé muy bien contra quien peleé”, decía, refiriéndose a que peleó contra los nazis, no contra eslovenos. Hay una anécdota divertida, a pesar de todo, de ese período en las montañas. En un enfrentamiento con los alemanes Bernardo fue herido en el hombro y los partisanos tenían orden de no regresar al escondite en las montañas en esos casos, para evitar que los siguieran. Bernardo fue a refugiarse al viñedo de su familia donde había una casilla. Allí lo encontró su madre, lo llevó a la casa, lo curó y lo metió en la cama para simular que estaba engripado. Al anochecer, un soldado alemán llegó a hacer la requisa diaria, buscando partisanos casa por casa. Al ver a Bernardo en cama, le preguntó a la madre qué le pasaba. La madre, que sabía hablar en alemán, le contestó que estaba engripado. El soldado no le creyó, pero levantó la vista y vio que sobre la cama pendía del techo una pata de jamón estacionado. La madre justamente había elegido ese lugar para tentarlo. El soldado alemán tenía más hambre que sentimiento nacionalista, cortó el jamón y se fue. Por eso Bernardo siempre decía que un jamón esloveno le salvó la vida.
Luego su compañía fue trasladada a Pivka y desde allí los movilizaron a pie, sin comida, mascando ramitas de árbol para tener algo en el estómago, hasta el sureste de Eslovenia en la frontera con Croacia, donde se enfrentaron al ejército ustaša. El episodio más triste que recordaba fue en ese lugar, una aldea en la frontera con Croacia, donde sufrieron un ataque nocturno. Al salir de la casa donde se alojaban, encontraron muertos a los compañeros que hacían guardia, trece compañeros, con los que habían compartido momentos difíciles y situaciones extremas, con los que habían reído y llorado, con los que se habían ayudado y apoyado, todos yacían muertos y desparramados por el suelo alrededor. Luego, fue enviado como ayudante al hospital de campaña en Novo Mesto, donde fue enfermero y también vivió situaciones extremas y muy tristes. Al final de la guerra sirvió en el ejército un tiempo más hasta que solicitó la baja, porque estaba cansado de ser trasladado de un lado a otro, cansado de haber perdido gran parte de su juventud en una situación de guerra que no había elegido y a la que fue forzado por las circunstancias. Al regresar se encontró con este panorama: uno de sus hermanos había sido asesinado por los nazis durante la guerra, el otro había regresado a casa muy afectado emocionalmente por las experiencias que había vivido, tenía esposa y tres hijos que alimentar en una situación en la que no había comida, en medio del caos de la posguerra, y además eran muchos para vivir en la misma casa. Entonces Bernardo decidió emigrar a Argentina, donde tenía tres hermanos que habían viajado antes de que estallara la guerra. Cruzó la frontera ilegalmente hacia Trieste, allí trabajó en una panadería hasta que consiguió el dinero para pagar el pasaje. Llegó a Argentina entre 1952 y 1953. Trabajó en el frigorífico Swift de Berisso, cerca de la ciudad de La Plata, luego como albañil en Villa Devoto, ciudad de Buenos Aires, después trabajó en la empresa de ferrocarriles estatales argentinos durante más de 30 años y se estableció en el barrio de Florida. Su esposa, también hija de eslovenos, murió joven, y Bernardo tuvo que ser padre y madre a la vez de sus dos hijos. Cuando su hijo Ernesto terminó los estudios y se mudó a San Luis por trabajo, Bernardo decidió acompañarlo y allí vivió los años más felices de su vida, junto al hijo y la familia, en un espacio más parecido a su Eslovenia natal, con cerros, aunque más árido. Ya estaba jubilado, sin embargo, consiguió trabajo de encargado en un comercio de telas y trabajó hasta los 86 años. Y fue muy feliz allí, rodeado de amor y cuidados, tenía huerta, vid y árboles frutales. Manejaba computadora e internet, y se mantenía en contacto permanente con los familiares y la realidad política y social de Eslovenia: veía los noticieros eslovenos, escuchaba la radio y música eslovena, se enojaba con la política actual. Después de la muerte de mi abuelo a los 100 años, Bernardo, que era su hermano menor, se transformó para mí en un referente muy importante, porque al hablar con él sentía que recuperaba de algún modo la presencia de mi abuelo. Lo entrevisté para la revista Eslavia como “el último partisano” y se convirtió en un personaje icónico en el ambiente de la eslavística en la Universidad de Buenos Aires. En enero de 2025, mi prima y querida amiga, Ingrid Saksida de Eslovenia, vino con su esposo y juntas visitamos a Bernardo en un viaje inolvidable a San Luis que atesoraré en el corazón por siempre.
¿Cúal sería entonces el mensaje? Varios: que los eslovenos criados en el campo antiguamente, con la comida producida en el hogar, tenían una salud de hierro que el sufrimiento templó y fortaleció. Que esa vida era mucho más sana que nuestra vida actual y en el camino de la civilización y el progreso hemos retrocedido en equilibrio vital, mucho. Que el jamón esloveno es el mejor del mundo y que para un soldado hambriento vale más un jamón que el deber nacional. Que los eslovenos fueron forzados por las circunstancias a participar en diferentes bandos durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, depende dónde vivieran, eran cooptados por diferentes milicias. Que la política lleva a la guerra y la guerra es la continuación de la política, por lo tanto la política mata, solo trae angustia y destrucción, y todas las familias sufren muerte, dolor, hambre, las personas son forzadas a trasladarse y abandonar sus hogares y seres queridos, forzadas a adaptarse en el exilio a un ambiente distinto que no conocen ni comprenden, y padecen mucho hasta que finalmente logran asentarse. Algunos nunca logran adaptarse y sufren una desubicación tremenda que los lleva al sufrimiento y el fracaso. Por último, que Argentina, más allá de todos los cuestionamientos y críticas que podamos hacer de nuestra sociedad, ha sido y es un país abierto, hospitalario, pacífico, que sin hacer demasiadas preguntas, aún hoy continúa albergando a gente desplazada de todas partes del mundo, con diferentes culturas, diferente pensamiento político y religioso, y generosamente ha ofrecido y aún ofrece trabajo, salud y educación. Por lo tanto, debemos estar agradecidos de poder compartir nuestras vidas en esta tierra, donde hemos desarrollado un pensamiento crítico y vanguardista que surge de la experiencia común de la humanidad doliente, que aquí encuentra refugio y un lugar en el mundo.
La Plata, diciembre de 2025.