Adar

Olga Jítlina[1]

Ilustraciones: Anna Teréshkina

Introducción y traducción: Ana Sol Alderete. (Agradezco especialmente a Valeria Zuzuk y a la autora por la revisión de la traducción y a Anna Teréshkina por ceder amablemente las imágenes para su publicación).

Introducción

Olga Jítlina es una artista nacida en Leningrado en 1982. La conocí la tarde que emergió de la audiencia para convertirse en mi intérprete del español al ruso mientras hacía una intervención en la inauguración del Centro Andréi Bieli en San Petersburgo. Olga y yo fuimos presentadas por el editor de la revista Translit, la cual nuclea poetas, críticos y artistas contemporáneos, principalmente de San Petersburgo y Moscú, con quienes ella tiene vínculo estrecho. Nos reencontramos en una fiesta de Año Nuevo en el departamento de Gluklia, una de las artistas fundadoras del colectivo feminista Factory of Found Clothes (FCC) y, unos años después, cuando hicimos juntas un recorrido guiado por Aleksandr Skidán tras los pasos de Raskólnikov en Crimen y castigo, durante la Escuela de Arte Comprometido de Chto Delat. Esa noche de verano, mientras parte de nuestra camarilla tomaba un baño en el río Fontanka, Olga me ofreció alojamiento en su departamento, cerca de la estación Pioniérskaia. “Así conocés un poco los barrios-dormitorios”, me dijo.

Durante la semana que viví con ella conversamos largamente sobre sus investigaciones y su obra. Aun cuando el vínculo de Olga con los colectivos artísticos que mencioné resulte orientativo para comprender su trabajo, hay algunas particularidades que le dan una voz muy singular en la escena rusa contemporánea. Podría decir que los medios más frecuentes de sus producciones son la performance, el video y la narrativa (esta última, a su vez, desplegada en relatos, traducciones o crónicas periodísticas); no obstante, es la agudeza del pensamiento y la sensibilidad de Jítlina lo que quisiera poner de relieve aquí. Su obra, como la de Chto Delat, la de FCC y la de las y los poetas de Translit, forma parte del giro repolitizante del arte crítico ruso de las últimas dos décadas. Kirill Medviédev, al referirse al lugar de la “poesía civil” en la Rusia contemporánea, caracteriza este giro por la apertura del texto poético a aquellas contradicciones que solo puede resolver la acción colectiva (Medviédev, 2013, p. 133), algo que considero que se traduce también en las artes visuales. Desde su perspectiva, en esa apertura se da un paso decisivo hacia la erosión de las barreras entre las esferas del arte y de la política, las de lo personal y lo político.

En la obra de Olga Jítlina la utopía tiene un lugar privilegiado. “La mayoría de las personas con las que trabajo no son actores profesionales. Yo les pido que se interpreten a sí mismos, en sus propios roles sociales, es el guion lo que es utópico” (Jítlina, 2016). Esto puede apreciarse en su ambicioso proyecto Perevod/ Translation (2015-2018), una compleja performance basada en Dzhan de Platónov (más precisamente, en Dzhan recitada en cinco lenguas diferentes) y en el trabajo del colectivo de activistas inmigrantes “Lampedusa en Hamburgo”. Perevod pone el foco en el desajuste entre dos horizontes, dos configuraciones históricas de la imaginación migrante: la utopía socialista a la que conducía Chagatáiev y la mera supervivencia que guía a quienes llegan a Lampedusa. Jítlina es también fundadora y editora de la Agencia de Noticias Utópicas, cuyos cables pueden leerse en el periódico satírico Nasreddin v Rossii [Nasreddin en Rusia].[2] Esta publicación, el cual es parte de un proyecto mayor que comprende además un concurso de chistes y una discoteca itinerante, es otro activo alegato por el espesor específico de la creatividad artística en el seno de las comunidades migrantes.

En “Adar” se entrelazan varias obras de Olga Jítlina. Algunos de sus conmovedores diálogos ya formaban parte del video Ruptures (2014),[3] desarrollado para el Museum of Moving Clothes en Ámsterdam. El relato en su versión definitiva, traducido al inglés por Thomas Campbell, fue el punto de partida para la audioguía Fraternité, realizada en Venecia, en el marco del Research Pavilion de la Bienal de 2017. La obra indagaba en las nociones de igualdad, hermandad y libertad, no solo en tanto conceptos políticos, sino como experiencias afectivas y personales. Campbell publicó su traducción en The Russian Reader, acompañada de un llamado de atención hacia el género epistolar subyacente en este texto: se trata, en parte, de una carta que nunca fue respondida.

“Adar” luego se publicó en Sygma (en ruso), de donde tomé el texto para la traducción. Además, Jítlina trabajó con tres intérpretes (un músico y dos performers) en la puesta en escena del mismo título, presentada en el Museo Garage de Moscú en 2019.[4] Sin embargo, hay dos cuestiones que, desde mi punto de vista, se expresan con particular sutileza en el texto desnudo. La primera de ellas es el efecto de difuminación de los bordes entre el “yo” y el “vos”, provocado por esas voces que hablan a quienes difícilmente puedan escucharlos. Adar, el mes de la alegría, es un momento en la ciudad donde tal vez convergen una hija que rememora la mañana en que su madre saltó por el balcón, un vagabundo que abandona a su protectora, una amante a quien no se le permite ser fotografiada, un migrante en el borde del Gran Canal. La segunda cuestión es la forma en que allí emerge el paisaje urbano post-soviético. Como señala Ígor Gulin (Jítlina, 2018), este relato vincula amor, política y arquitectura: en la permanente alusión a los muros y las fronteras se conecta el cuerpo, el alma, la familia, el Estado, la ciudad y la casa con elementos arquitectónicos muy específicos, como los umbrales, los alféizares, las oficinas y los templos.

Como si fuera una performance, hay trozos de lo preexistente que aquí se actualizan, en citas que a veces son más equívocas, otras más precisas. En ese sentido, “Adar” también conecta con otras obras de la autora. En muchas de ellas, vemos a Olga Jítlina dirigir la acción a la manera de una amable regisseur que, como quien escribe desde la utopía, parece recordar y hacer recordar los movimientos y las palabras que, en el futuro, hará cada una de las personas en escena.

Jítlina, O. (2016). «Театр как практика мужества», Colta, https://www.colta.ru/articles/art/13021-teatr-kak-praktika-muzhestva

Jítlina, O. (2018). «Адар», Сигма, https://syg.ma/@sygma/koghda-nachinaietsia-adar-umnozhaiut-radost

Medviédev, K. (2013). “Más allá de la poética de la privatización”, New Left Review (segunda época), 82, pp. 118-139.

Adar

משנכנס אדר מרבין
.בשמחה
Cuando empieza adar, la alegría se multiplica.
Talmud babilonio. Tratado Taanit.

Igualdad

¡En el mes de adar se multiplicará la alegría! ¡En el mes de adar llega la alegría…!

¿Para qué morir en marzo? ¿Para qué? Si la primavera está tan cerca. Si la oscuridad y el frío ya casi se replegaron. Si la luz, como el agua, llega cada día. Partir, salir con esfuerzo, de sí misma, de los escombros polvorientos, de las vigas caídas, ¡sacudirse a sí misma, como desprendiéndose las escamas viejas! ¡Volar, correr, alejarse de estas ruinas detonadas!

… Es la nieve que se derrite, soy yo que me derrito, pero la alegría invade, ¡la alegría llega…!

Y, al pasar, un conocido me dijo que en el mes de adar multiplican la alegría. (¿Quiénes? ¿Por qué? ¿De qué modo?). Esto siempre lo sentí de manera penetrante. A comienzos de marzo, en el filo entre el invierno y la más temprana primavera, murió la abuela. Estaba en clase cuando me llamaron del decanato, diciendo que me buscaban del servicio de urgencias médicas que la había llevado al hospital. Cuando llegué, todavía estaba consciente, aunque gritaba de dolor, rogaba que la inyectaran para morir más rápido. Se le reventó la aorta. Alcanzamos a hablar. Le dije abu, aguantá, abu, si querés te doy nietos, abu. Pero ella dijo marzo, maldito marzo. La aorta se le había dilatado dos años antes. Cuando, en la madrugada del 23 de marzo, la policía tocó el timbre y nos preguntó si había hombres en la casa. La cama estaba vacía, la abuela se lanzó hacia la puerta con fuerza, y se cayó en el pasillo. Yo bajé corriendo.

Muy despacio y en un instante, muy despacio y en un instante… Yace con un abrigo negro desabrochado sobre la bombacha blanca y la remera levantada; se le dislocó la mano, descarnada y amarillenta. Una abolladura en el auto de no sé quién. Se golpeó antes de destrozarse contra el suelo. Casi nada de sangre. Solo una manchita en la cabeza. Dos dientes rotos. Mamá.

Sobre el asfalto helado, una impronta en negativo. Un instante profundo como la Fosa de las Marianas. ¿Para qué te disfrazaste de pájaro negro? ¿Adónde me llevás, mamita-muerte?

La luz del cielo, luz, luz, luz que llena e inunda el mundo entero. El cielo llega, el cielo invade como un océano, el cielo se vuelve gigantesco, inabarcable, y todas las casas, los autos, la polvorienta ciudad, la gente – todo se desprende del suelo. Pasada la severidad del invierno, todo flota en el cielo como cascarillas del dolor de ayer. Y la conciencia encandilada se abre al encuentro con lo venidero, se entrega al remolino de la felicidad, todopoderosa, dispuesta a cualquier examen y hazaña de la vida.

Si se cierra el gotero, va a morir de inmediato. Si no, permanecerá consciente algunas horas más, o días, dijo el doctor. Yo contesté: ciérrelo. Mi paso a la mayoría de edad.

Cuando salí del hospital, el cielo resplandecía y el viento le soplaba el velamen a las nubes rosáceas en el poniente. Al verlas, les rogué que, para cuando llegara a casa, el Parkinson del abuelo hubiera avanzado a un punto tal que no comprendiera que él y yo nos habíamos quedado solos.

… todo relampaguea… los pensamientos desgarrados, las madejas de recuerdos pasan relampagueando… no consigo registrarlos, anudarlos, aferrarlos…

… fuiste vos quien trazó la línea, quien fijó un límite. El que no me dejaría entrar en su casa, en su familia, en su vida. En la época de las fiestas solo me queda pegarme a la pantalla, solitaria, mirando fijo las timelines de las redes sociales, encendidas con las fotos de tus cálidos festejos familiares. Y yo, con una envidia hambrienta y melancólica, soy una linyera ante las ventanas navideñas.

Pasé a ser tu amiga clandestina. Todos saben de mí, pero hacen de cuenta que no existo. Vetaste la posibilidad de fotografiarnos juntos, y en las conversaciones escondés mi presencia detrás del singular. Mejor que no salga tanto de casa. Yo debería ser invisible, inaudible, imperceptible, de modo que prácticamente no existiera. Yo no debería existir.

Ese cielo que encandila está cruzado por hilos de nubes rotas.

Esta ciudad de marzo solo se nos descubre como tal a los ebrios o a los desesperados. Esos estados de quien se asoma al borde de la perdición. Es solo a través de las esquirlas de los témpanos partiéndose en trozos, de las lágrimas internas, que la ciudad brillará un instante en su alucinante belleza. Y nuestro primer encuentro será con quien llega de atravesar el infierno de un corazón hinchado, como el hilo que pasa por el ojo de una aguja.

Mientras medía la distancia entre el balcón y el asfalto, mi mirada se chocó con vos. Estabas acostado, con la cabeza hundida en el vientre de otra persona echada boca arriba y con los ojos en blanco, con modorra, bajo mi balcón. Vos tratabas de calentarte contra el cuerpo del otro, o bien, morir juntos. Yo tenía miedo de tocar tus dedos aplanados, la sangre coagulada, tu ropa polvorienta, tus pantalones meados y dije: levantate, sostenete de la pared, acompañame hasta la entrada. Y ahí, antes de que pudieras contarme de Liza, tu hija de ocho años, y de tu mamá en el óblast de Oremburgo, a quienes alcanzaste a enviarles cinco mil rublos antes de que te dejaran en la calle, y de que yo me decidiera a invitarte a entrar al departamento, para saltar juntos, o recordar cómo llamar a la ambulancia, y dónde buscar la dirección del albergue nocturno, antes de todo eso, lloramos sin consuelo en los escalones inmundos, un largo rato, imprevisibles, anónimos.

Hay un período de dos o tres semanas después del cual quien se quedó temporalmente en la calle se convierte definitivamente en un vagabundo, el período después del cual la depresión pasa a ser un problema clínico.

Te da miedo dejarme entrar porque sabés que, ni bien cruce el umbral, el hedor de la desdicha y la demencia va a inundar tu casa. Tenés miedo de contaminar la tranquilidad de tu hogar y de los tuyos, tenés miedo de que las paredes comiencen a rajarse y de que el virus del desahucio se propague entre todos. Fuiste vos el que marcó el territorio.

… esa pepa, una pastillita rosa y demoledora, es como si te arrollara una aplanadora de asfalto…

Hay un balcón desangrado. Esas nubes de un rosado brillante azotan los ojos, y le hierven el cerebro al cuerpo tirado allí.

En este balcón entran justo tres. Parece un pequeño barquito, una cuna meciéndose entre el torrente de autos y el fluir del cielo. Yo los invité: hay que ir a vivir ahí, y nunca más volver bajo techo. Tres sabios en una palangana… Bas Jan Ader en medio del Atlántico. Münchhausen, que salió del agua tirando de su propio pelo como si fuera una cuerda, solo para arrojarse al abismo cegador del cielo.

Te busqué por toda la estación Dostoiévskaia, por todos los desvanes y subsuelos, en cada portón que había quedado sin cerrar, en el calorcito del ingreso al metro. En tu refugio, entre las molduras descascaradas y las volutas de hierro de la baranda, el único rastro tuyo era la basura: ahí estaban, arrugadas, tu cama de papel de diario y la libreta con la dirección del albergue que te conseguí el otro día. Íbamos a encontrarnos apenas pasara el fin de semana, con ropa limpia y toallitas húmedas, para ir con un aspecto decente a rehacer los documentos y dar el alta en los servicios sociales.

Unas semanas después, cuando me tropecé con vos por casualidad, estabas mendigando tabaco, completamente borracho, o lejos. Te alcancé un cigarrillo y empecé a dilucidar dónde dormías ahora, y cuándo iríamos al albergue. No pudiste enfocar la mirada y musitaste: ¿cómo era tu nombre, querida? Y así entendí que había llegado tarde, que ya habías soltado las amarras, que ya estás allá, surcando el océano in the search of the miraculous[5], que no te espera ni tu hija Liza, ni tu mamá, que te escapaste de la abuela, te escapaste del abuelo[6], tu bote se alejó de mí, me dejaste sola con mi propia salvación, vos, ¡el pelotudo y chanta de Slavka!

Fraternidad

Cuando atravieso momentos de terrible desesperación, trato de imaginar que tengo, en alguna parte, un hermano gemelo. Es exactamente igual a mí, las diferencias son mínimas. Él me comprende y sabe absolutamente todo de mí. Es la única persona ante la cual puedo largarme a llorar, frente a quien no me da vergüenza quejarme. Me imagino que viene y me consuela.

Extendemos las manos al sol y nos reímos de la emoción: son completamente idénticas, apenas difieren en su color. Tenemos las mismas muñecas flacas y las palmas grandes, con los nudillos anchos, como si esos dedos finitos estuvieran quebrados. Manos gemelas. Somos de distinto sexo, pero imposible no ver el parecido en nuestras figuras absurdas, algo adolescentonas. Tu pelo es crespo y el mío, lacio; sin embargo, nuestras cabelleras tienen alguna semejanza en su apariencia siempre desaliñada. ¡Encontré a mi hermano!

Sister, -me dijo un joven sentado en la entrada del supermercado, con una gorra mugrienta dada vuelta-. Sister, some change, please!”. En mis tímpanos latía con delicadeza el sonido de la laguna, el sol brillaba, y la felicidad, casi sin derramarse, estaba en su plenitud: yo seguí de largo con las bolsas de supermercado repletas.

-No tengo adónde volver. Todo está destruido, todos los puentes quemados. Si usted supiera lo que me costó llegar hasta acá, lo que me costó sobrevivir a esta ruptura…

-Calmate, ¡calmate! Este no es el lugar para ponerse histérico. Entendelo: no te podés quedar, es imposible.

-Puse mi vida entera para llegar hasta acá. Cautericé el pasado en mi corazón, corté con toda mi vida anterior.

-Es imposible. Acá lo dice con todas las letras: “su solicitud está denegada”. Porque, ¿dónde vivirías? ¡¿En la calle?!

-Me inventaría algo. No tengo adónde volver. ¡Revisen la decisión, se los ruego!

-Le repito: usted ya agotó todas las instancias de apelación. Y comprenda: ¡no podemos hacer entrar a toda África! Es un esfuerzo económico insostenible para nuestros contribuyentes. No pueden mantener a todo el mundo.

-Puedo trabajar…

-Hace años que la desocupación acá es altísima.

-¡No me asusta ningún trabajo!

-Incluso si así fuera, nunca serías realmente aceptado aquí. Tenemos otra cultura.

-Aprenderé el idioma, conoceré su cultura, ¡me convertiré en otra persona!

-¡Suficiente! ¡Cortala! Al final, ¡¿para qué nos sirve esto?!

No sé cuánto tiempo transcurrió desde que me recogieron del mar. No recuerdo cómo me trajeron hasta acá. Los días, las semanas y los meses pasaron mecánicamente, sin sentimientos, sin sensación y sin haber dejado huella, como si el frío ahogándome por dentro y las toneladas acuosas por fuera me hubieran paralizado la conciencia. Como si hubieran recogido tan solo un cuerpo medio muerto, y no hubieran alcanzado a salvar aquello que latía en él, lo que lo hacía vivir.

Una mañana agarré y salí a la calle. Anduve un poco y terminé en el malecón de un gran canal, o en el estrecho entre dos islas. Sentí el contacto amable del sol y el aroma de las algas. El agua verdosa se revolvía en ínfimas olas, y sonreía entredormida a todos y a nadie al mismo tiempo, mientras unos edificios de coral se petrificaban en la orilla con alegría solemne. Esta belleza, estos sonidos y el calor suave me abrumaron con tal fuerza que no pude contenerme. Me dejé caer, me acurruqué, me tapé la cara y entorné los ojos. Me entraron convulsiones y las lágrimas inundaron mi cabeza. Recordé todo. El miedo, el hambre, la seguidilla de muertes y de separaciones sin ninguna expectativa de reencuentro, la soledad, la desesperación, el camino interminable, miedo, miedo… Una bestia acorralada, devorada hasta el fondo de sí misma. Nada de esto parecía unirse: acá y allá, ahora y entonces estaban divididos de manera infinita e insoportable. No podía ser que este mundo fuera uno solo, no podía tratarse de una y la misma persona. He muerto, he muerto.

Intenté abrir los ojos una vez más. En la otra orilla, vuelto de medio perfil, flotaba un edificio de ladrillos rojos con dos torres delgadas, como si fueran velitas, y una cúpula redondeada, con su fachada de mármol blanco mirando hacia mí. Cuatro leves figuras, tres sobre el frente triangular y una sobre la cima de la cúpula, se elevaban hacia el cielo. Aturdido por la radiante grandeza de la simplicidad sin precedentes de este edificio, escondí el rostro de nuevo. Il redentore… Il Redentore… Ya sea que esté muerto o haya sobrevivido, lo comprendí: estoy salvado.

¡No tengo nada en contra de ellos! ¡Que trabajen en la construcción, en obras cerradas! Siempre que no pululen por todos lados. Ante todo, no quiero que mi hijo los vea.

¿Por qué esto se volvió tan difícil? ¿Por qué, cuando me lo imagino, siento semejante espanto? ¿Acaso hay algún problema conmigo? ¿Acaso yo no puedo salir de la casa como todo el mundo? ¿Acaso no puedo ir, como todos, adonde quiera? ¡Qué chiquilinada! ¡Qué absurdo! Voy a llegar y saludar a todos, sonriente, como si no pasara nada, voy a ser divertida, reírme, hacer chistes, voy a charlar pasando de un tema a otro… Me lo repito hace muchos días, me sonrío en el espejo. Pongo la música más animada posible. Voy, levanto la cabeza, acelero el paso, soy una más, ¡soy una más! El corazón late con fuerza… Pero ahí está la puerta… Ni siquiera está cerrada, solo la tengo que empujar… ¡No! ¡No! ¡Más fácil sería saltar al precipicio! … un avestruz dándose de cabeza contra el techo de su jaula… la cabeza cortada de un leoncito… media calabaza gigante en el agua… carne cruda… carne cruda y moscas, moscas por todos lados… Si no te acercás primero, si no se acerca a vos, todos se van a callar de repente, todas las miradas se van a clavar en mí, me van a inmovilizar. Y una mano me arrancará mi turbante sonriente, mi capullo… y voy a quedar adelante de todo el mundo, con mi cara de animal asustado descubierta.

-¿Te molesta si te hago una pregunta? ¿Tenés novio?

-¡¿Y para qué querés saber eso?!

-Es que me gustás.

-Escuchame, estoy tratando de ayudarte, de que logres que se cumplan tus derechos, ¿y vos coqueteás conmigo?

-No, no, esto no es coqueteo. Lo digo en serio. Me quiero casar con vos. Le mandé a mis padres una foto tuya, les escribí diciéndoles que sos una chica muy buena.

-¡¿En serio?! Serio, serio es lo que va a pasar si no te dan el estatus; te van a mandar de vuelta a una zona de guerra. O, en el mejor de los casos, te vas a quedar acá, indocumentado. Sería mejor que pensaras en esto seriamente.

-Sí, sí, los derechos son muy importantes. ¡Y vos me ayudás tanto! ¡Estoy agradecido con vos desde lo más profundo de mi corazón! Pero a todos nos hace falta una persona cercana, un futuro en común con alguien.

“Está en la naturaleza de las personas custodiar las fronteras de su casa”, decía una voz en la radio, y yo quedaba imposibilitada de entrar en la tuya. Incluso si me adentraba, la puerta simplemente se corría más lejos, y permanecía cerrada ante mí. Entonces las piernas me arrastraron escaleras abajo, tramo a tramo, hacia el patio, a caminar por las calles de la ciudad hasta el desmayo, hasta el entumecimiento de los sentidos, la pérdida del habla, hacia la anestesia de la noche gélida.

Cuando quedó dicho que entre nosotros no había futuro posible, que mi rostro debía ser borrado de todas las fotos, y mi nombre no podía pronunciarse en voz alta, había que tacharlo de todas partes y olvidarlo, cuando repetiste eso, y todo empezó a colapsar, decidí poner a salvo, en el pasado, nuestro increíble amor, nuestra intimidad ilimitada. Partimos hacia las profundidades del tiempo. Retrocedimos lejos, lejos de todo, de la vida viviente, desovillando generación tras generación todo cuanto se alcanza a recordar, descendimos a lo más profundo, por las raíces ramificadas de nuestros árboles genealógicos. Escrutamos cada uno de sus nudos y bifurcaciones, buscando la posibilidad de un entrelazamiento, buscando ese cadáver que pronunciará en silencio: “Los declaro hermano y hermana”.

Imagen 1

No sé cuánto deliré por las calles, las plazas, los callejones y las entradas mugrientas de los edificios lujosos, pero en algún momento, al volver en mí, comprendí que ya estaba en una ciudad y una época completamente diferentes. De una belleza fantasmagórica, pero totalmente distinta de la de mi ciudad amarga. Allí, la belleza aparece como una fina capa untada sobre el espacio banal, como si fuera la manteca en un sándwich de la Perestroika, y las comisarias-columnas neoclásicas se encargan de medir que cada dosis sea idéntica. Allí, tan solo dos agujas tienen permitido traspasar la vena azulada del cielo. Aquí, en cambio, de cada rendija se asomaba la belleza, elevándose hasta el absurdo, haciendo temblar los encajes de piedra, rebalsándose en los canales, sin dejar ni un centímetro de descanso a los ojos. Unos templos increíbles se apretujaban para encajar sus ábsides entremedio de esos edificios hermosos. En una de sus placitas minúsculas, dos fachadas de mármol, deslumbrantes, se elevaban como enormes bloques sobre mí. Observé fijamente. Parecía que crecían contra el cielo oscuro de fondo. Y entonces me arrojaron encima todo el lujo, todo su esplendor irrefrenable, y lancé un grito de admiración, de espanto, de resentimiento, de un punzante resentimiento por los melancólicos barrios-dormitorios, por esas zonas urbanizadas en medio de la ciénaga de la época de Jrushchov, por esas ciudadelas de chatarra construidas con trozos de madera terciada vieja y aislante para techos, por las frazadas mugrientas bajo las cuales se cobijan los linyeras y los niños gitanos, porque la belleza está repartida de una manera tan injusta y desigual en el mundo.

Eché a correr por los recovecos del infinito pasadizo de calles, metiéndome en los caminos sin salida, tropezando con los puentes, hasta que, finalmente, el resplandor de la madrugada despuntó entre los edificios. Salí al ancho malecón. Y entre los rayos de la salida del sol se alzaba con solemnidad, sobre el espacio recortado por la superficie del agua, una nítida silueta palaciega, saludando la llegada de la alegría. Algo comenzó a gotear, deshelándose por dentro, mientras se aflojaban dolorosamente los sabañones del invierno. Comprendí que el mes de adar ya había pasado, y que, al parecer, logré sobrevivir un año más. La época y el lugar se pusieron en foco. Era abril, el cumpleaños de mamá y, tal vez, el mío, y yo tenía diez años menos que la edad de ella en el momento de saltar del balcón. Estaba parada en aquel mismo malecón donde, algunos siglos atrás, en los tiempos de la peste negra, sacaban a los enfermos incurables. Allí los llevaban para que creyeran, por última vez antes de partir al cementerio, en la posibilidad de la salvación.

Pateh Sabally, un joven gambiano de 22 años, intentaba mantenerse a flote en medio del canal mientras era insultado con comentarios racistas. Los presentes lo filmaban y se reían.

En uno de los videos se escucha cómo los testigos le gritan: “¡Dale, volvete a tu casa!”.

Arrojaron al menos tres salvavidas al agua, pero el hombre no hizo nada por alcanzarlos, lo que sugiere que cometía un suicidio.

Nadie saltó al agua para ayudar a Sabally, y se ahogó.

Imagen 2

Libertad

Te acordás de cuando nos abrazamos por primera vez, que todo encontró su lugar, todo se acomodó de la manera en la que siempre debió haber sido. Los planetas ya no necesitaban girar alrededor del Sol, finalmente llegaron a casa, safe heaven. Me tejiste un tierno capullo de seda hecho de besos, palabras y caricias, que me protegería siempre y en todas partes. Y si en el momento de mi muerte estuvieras cerca, yo moriría feliz.

Vos, sin embargo, y también vos, se cegaron de dolor al mismo tiempo.

¿Y te acordás, se acuerdan, cómo esa mañana, cuando nos despertamos juntos, abrazados, nos empezamos a reír por la alegría de sentirnos uno junto al otro, y dimos la bienvenida al día más feliz? Cada persona compartirá el amor con todos, y este no hará otra cosa que volverse más y más grande. Atrás quedarán el miedo, los celos, la desesperación, el alambre de púas, la cortesía de los puestos de control. Todas esas personas sin hogar, los dementes, los indocumentados, los ilegales y semi-legales, las prostitutas, las amantes y los niños abandonados se pararán a lo largo de las calles, triunfales a la luz del sol. Y el resto, entusiasmados, se irán para siempre de sus casas y correrán hacia ellos. Las sonrisas van a fracturar los rostros amurallados, y el vetusto revoque de la desgracia se desparramará por la ropa y la tierra. El viento va a soplar el polvo. Los brotes de alegría se abrirán con un estruendo, y germinarán en cada criatura. ¡Y la alegría va a llegar, y llegará, llegará! ¡Nosotros multiplicaremos la alegría!

¿Te acordás? Y vos, ¿te acordás? ¿Se acuerdan? ¿Nos acordamos?

Imagen 3

Notas

[1]     Si bien una transliteración estandarizada sugeriría usar la forma “Zhítlina” para escribir “Житлина” en español, se respeta aquí la forma utilizada por la propia autora para internacionalizar su nombre (por ejemplo, en su sitio www.olgajitlina.info). El mismo criterio se utilizó para la transliteración de “Терешкина”, aun cuando la forma estandarizada en español sugeriría usar “Teriéshkina”.

[2]     Los cuatro números de este periódico en edición bilingüe (ruso e inglés) pueden descargarse en https://garagemca.org/en/exhibition/bureau-des-transmissions/materials/gazeta-nasreddin-v-rossii-nasreddin-in-russia.

[3]     La obra puede visualizarse en https://youtu.be/Joa59_5JPqQ.

[4]     La performance puede visualizarse en https://youtu.be/FOhmn0uhzRs.

[5]     “In the search of the miraculous” (en inglés en el original) alude al título de la obra inconclusa (1973-1975) de Bas Jan Ader (N. de la T.).

[6]     “Me escapé de la abuela, me escapé del abuelo…” [я от бабушки ушел и я от дедушки ушел] es el verso de una de las canciones de Kolobok, un cuento de hadas popular (N. de la T.).