Sobre la literatura, la revolución, la entropía y otras cosas

Evgueni Zamiatin

Traducción: Eugenio López Arriazu

−¿Cuál es el último número, el superior, el más grande?
−¡Pero qué absurdo! Si los números son infinitos, ¿qué último?
−¡Y por qué querés entonces una última revolución! No hay una última… las revoluciones son infinitas. La última… es para los niños: a los niños los asusta el infinito, y tienen que dormir en paz…
Evg. Zamiatin. Nosotros

Preguntemos de lleno: ¿qué es una revolución?

Hay quien responde a lo Luis XIV: la revolución somos nosotros; quien responde por el calendario: los meses y las fechas; responden: según el abecedario. Si pasamos de las letras a las sílabas, entonces:

Dos estrellas muertas y oscuras chocan con estruendo inaudible y ensordecedor y encienden una nueva estrella: eso es una revolución. Una molécula se desprende de su órbita e invadiendo el universo atómico vecino pare un elemento químico nuevo: eso es una revolución. Lobachevski[i] resquebraja con un solo libro las paredes del mundo milenario de Euclides y descubre el camino a los espacios infinitos no euclidianos: eso es una revolución.

La revolución está en todas partes, en todo, es infinita, no hay una última revolución, no hay un último número. La revolución social es sólo uno de los números infinitos: la ley de la revolución no es social, sino insondablemente mayor; es una ley cósmica y universal (universum) así como la ley de la conservación de la energía, de la retrogresión de la energía (entropía). Alguna vez se va a descubrir la fórmula exacta de la ley de la revolución. Y en esa fórmula habrá lugar para las dimensiones numéricas: las naciones, las clases, las moléculas, las estrellas… y los libros.

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Carmesí, ígnea, mortal es la ley de la revolución, pero esta muerte… es para engendrar una vida nueva, las estrellas. Y fría, azul, de hielo, como la helada infinitud interplanetaria es la ley de la entropía. La llama carmesí se vuelve rosa, pareja, tibia, ya no mortal, sino confortable; el sol se hace un planeta viejo, útil para los caminos, los negocios, las camas, las prostitutas y las prisiones: eso es una ley. Y para volver a prenderle fuego hay que desviarlo de un golpe del suave camino de la evolución: es una ley.

Que se enfríe mañana la llama, pasado mañana (en el Libro del Génesis los días se equiparan a años, a siglos). Pero alguien tiene que ver esto hoy y ya hoy los herejes hablan del mañana. Los herejes son la única medicina (amarga) contra la entropía del pensamiento humano.

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Cuando se enfría la esfera que bulle en llamas (en la ciencia, la religión, la vida social, el arte), el magma ígneo se cubre de dogma: una costra dura, inmóvil y encallecida. El dogmatismo en la ciencia, la religión, la vida social y el arte es la entropía del pensamiento; lo que ha sido dogmatizado ya no se prende fuego, calienta, es tibio, es frío. En vez del Sermón de la Montaña, bajo el sol abrasador, sobre las manos en alto y los sollozos, está la soñolienta plegaria en una hermosa abadía; en vez de la tragedia de Galileo “¡Y sin embargo se mueve!”, los cálculos tranquilos en un despacho de Púlkovo[ii]. Sobre los Galileos, los epígonos construyen como pólipos, coralinamente: el camino de la evolución. Hasta que una nueva herejía haga estallar la costra del dogma con todas las sólidas construcciones de piedra erigidas sobre ella.

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Las explosiones son poco convenientes. Y por eso a los detonadores, a los herejes, los eliminan con justicia por medio del fuego, del hacha, de la palabra. Para todo hoy, para toda evolución, para todo trabajo difícil, lento, útil, utilísimo, creativo y coralino los herejes son nocivos: saltan estúpidamente y sin precaución al hoy desde el mañana, son románticos. A Babeuf[iii] le cortaron con justicia la cabeza en 1797; brincó al año 1797 saltándose ciento cincuenta años. Con justicia le cortan la cabeza a la literatura herética, que atenta contra el dogma: es una literatura nociva.

Pero la literatura nociva es más útil que la útil: porque es antientrópica, es un medio de la lucha contra la calcificación, la esclerosis, la costra, el musgo, la calma. Es utópica, absurda como Babeuf en 1797: tiene razón a los ciento cincuenta años.

¿Y los viejos creyentes, los Avvakum[iv]? ¿Los Avvakum también son herejes?

Sí, también los Avvakum son útiles. Si Nikon hubiera conocido a Darwin, daría todos los días una misa por la salud de Avvakum.

Nosotros conocemos a Darwin, sabemos que después de Darwin hay mutaciones, weismannismo[v], neolamarckismo[vi]. Pero todo esto son balcones y altillos: el edificio es Darwin. Y en este edificio, no hay sólo hongos y renacuajos, también está el hombre, no sólo dientes y colmillos, sino también los pensamientos humanos. Los colmillos se afilan recién cuando hay quién roer; las gallinas domésticas solo tiene alas para aletear. Hay una misma ley para las ideas y las gallinas: las ideas que se alimentan de croquetas pierden los dientes igual que la gente-croqueta civilizada. Los Avvakum son necesarios para la salud; si faltan, hay que inventarlos.

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Pero ellos son el ayer. La literatura viva no vive en las horas del ayer, ni en las del hoy, sino en las del mañana. Es un marinero enviado a la punta del mástil, desde donde se ven los barcos que han naufragado, se ven los icebergs y los remolinos todavía no distinguibles desde cubierta. Se lo puede bajar del mástil y mandar a las calderas o al malacate, pero eso nada cambia: queda el mástil… y otro verá desde el mástil lo mismo que el primero.

Se necesita un marinero en el mástil si hay tormenta. Ahora hay tormenta, desde diferentes lados: SOS. Ayer un escritor todavía podía pasearse tranquilamente por cubierta haciendo clic con su Kodak (la vida cotidiana), ¿pero a quién se le ocurre mirar las películas del paisaje y del género cuando el mundo se inclina a 45° con las fauces verdes abiertas y la cubierta cruje? Ahora sólo se puede mirar y pensar como ante la muerte: y bueno, vamos a  morir, ¿y qué? hemos vivido… ¿y cómo? de vivir otra vez desde el principio, ¿de qué, para qué? Ahora la literatura necesita horizontes enormes, de mástiles, de aeroplanos, filosóficos, se necesitan los últimos y más terribles, más audaces “¿para qué?” y “¿después qué?”

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Así preguntan los niños. Pero los niños son los filósofos más osados. Llegan desnudos a la vida, sin cobertor, sin la más mínima hojita de dogma, de absoluto, de fe. Por eso todas sus preguntas son ingenuamente absurdas y tan sobrecogedoramente complejas. Los nuevos que entran a la vida están desnudos y son audaces como los niños, y tienen, también como los niños, como Schopenhauer, Dosotievski y Nietzsche, “¿para qué” y “¿después qué?”. Filósofos geniales, los niños y el pueblo son igualmente sabios porque hacen preguntas igualmente estúpidas. Estúpidas para el hombre civilizado que tiene un departamento bien arreglado con un hermoso closet y un dogma también bien arreglado.

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La química orgánica ya borró los límites entre la materia viva y la muerta. Es un error dividir a la gente en vivos y muertos: están los vivos-muertos y los vivos-vivos. Los vivos-muertos también escriben, caminan, hablan, hacen. Pero no se equivocan; y al no equivocarse, también hacen máquinas, pero las hacen sólo muertas. Los vivos-vivos están en los errores, en las búsquedas, en las preguntas, en los sufrimientos.

Así también esto que escribimos: camina y habla, pero puede estar vivo-muerto o vivo-vivo. Lo verdaderamente vivo, sin detenerse ni ante nada ni en nada, busca las respuestas para las preguntas absurdas, “infantiles”. Qué importa que las respuestas sean falsas, que la filosofía esté errada… el error es más valioso que la verdad: la verdad es una máquina, el error está vivo, la verdad tranquiliza, el error intranquiliza. Y qué importa que las respuestas sean completamente imposibles… tanto mejor: ocuparse de preguntas abstractas es un privilegio de los cerebros construidos según el principio del estómago vacuno, adaptado como se sabe a la digestión rumiante.

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Si en la naturaleza hubiera algo inmóvil, si hubiera verdades… todo esto sería, por supuesto, falso. Pero por suerte todas las verdades están erradas: el proceso dialéctico consiste precisamente en que todas las verdades de hoy mañana serán errores: no hay un último número.

Esta (única) verdad es sólo para los fuertes: los cerebros de nervios débiles no pueden prescindir de la finitud del universo, del último número, de “las muletas de la certeza”, en palabras de Nietzsche. Los débiles no tienen fuerza para incluirse a sí mismos en el silogismo dialéctico. En verdad, es difícil. Pero esto es lo que logró hacer Einstein: pudo recordar que él, Einstein, que observaba el movimiento reloj en mano, también se movía, logró ver los movimientos terrestres desde afuera.

Así mira precisamente los movimientos terrestres la gran literatura que no conoce los últimos números.

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Los críticos aritméticos, abecedarios, también buscan ahora en la palabra artística algo diferente de lo que se puede palpar. Pero lo buscan como cierto ciudadano de abrigo verde que encontré una vez a la noche en la Nievski bajo la lluvia.

El ciudadano de abrigo verde, balanceándose y abrazado a una columna, se agachó bajo un farol hacia el asfalto. Le pregunté: “¿Qué hace?” “B-busco mi monedero, recién lo p-perdí allá”… (y señaló con la mano a un lado, en la oscuridad). “Y entonces, dígame, ¿por qué lo busca aquí alrededor del farol?” “P-porque aquí bajo el farol hay luz, se ve t-todo”.

Sólo buscan bajo su farol. E invitan a todos a buscar bajo el farol.

Y aun así son la única raza de críticos verdaderos. Los críticos artísticos escriben cuentos y relatos en los que los apellidos de los héroes son por casualidad Blok, Peshkov, Ajmátova. Por lo tanto, no son críticos: son nosotros, los literatos. Un verdadero crítico sólo puede ser quien sabe escribir antiartísticamente… el don hereditario de los críticos sociales.

Sólo esta clase de críticos es útil al artista: se puede aprender de ellos cómo no hay que escribir y sobre qué hay que escribir. Según la ética del sensato perro francés Riquet: “Un acción por la que te alimentaron o mimaron es una buena acción; una acción por la que te pegaron es una mala acción”. La gente es con frecuencia insensata; y cuanto más lejos están de la sensatez de Riquet, más cerca de la regla ética inversa: “Una acción por la que te alimentaron y mimaron es una mala acción; una acción por la que te pegaron es una buena acción”. Si no existieran estos críticos, ¡¿cómo sabríamos cuáles de nuestras acciones literarias son buenas y cuáles malas?!

El índice formal de la literatura viva es idéntico al interior: repudiar la verdad, es decir lo que todos saben y sabían hasta este momento, salirse de los rieles canónicos, del amplio camino real.

El camino real de la literatura rusa, bruñido por el tránsito de las cargas gigantes de Tolstói, Gorki, Chéjov, es el realismo, la vida cotidiana; por consiguiente, hay que dejar el realismo. Los rieles, canonizados hasta la santidad por Blok, Sologúb, Bieli, son el simbolismo que ha repudiado el realismo: por lo tanto… ir al realismo.

Absurdo, sí. La intersección de líneas paralelas también es absurda. Pero esto es absurdo sólo en la geometría plana de Euclides: en la geometría no euclidiana, es un axioma. Sólo hay que dejar de ser plano, elevarse sobre lo llano. Para la literatura de hoy lo llano del realismo es lo mismo que la tierra para el avión: sólo un camino para carretear… para después elevarse… de lo cotidiano a lo cotidiano, a la filosofía, a lo fantástico. Que crujan los carros del ayer por caminos reales y carreteras. Los vivos tienen fuerza para cortar su pasado: en los últimos cuentos de Gorki… de golpe lo fantástico, en Los doce de Blok… de golpe la copla popular, en El jockey de Bieli… de golpe la vida cotidiana de Arbat[vii].

Se puede sentar en el carro al comisario o al militar, el carro sigue igual siendo carro. Y de todos modos la literatura sigue siendo de ayer si se conduce el “realismo revolucionario” por el camino ya transitado, incluso si en un vistoso carro a tres caballos con cascabeles. Hoy están el automóvil, el avión, el vuelo, el planeo, los puntos, los segundos, el punteado.

Ya no hay descripciones viejas, lentas, de diligencia: laconismo… pero con una carga enorme, alto voltaje de cada palabra. Hay que comprimir en un segundo todo lo que antes en un minuto de sesenta segundos: hasta la sintaxis es elíptica, vuela, las complejas pirámides de los períodos desarmados en piedras de proposiciones independientes. Con la velocidad, lo canonizado y habitual se escurre del ojo: de allí el simbolismo y el léxico inusuales, con frecuencia extraños. La representación es filosa, sintética, con apenas un rasgo básico que se logra ver desde un automóvil. El  diccionario sagrado de las mojigatas moscovitas ha sido invadido por lo provincial, los neologismos, la ciencia, la matemática, la técnica.

Si se considera esto una regla, entonces el talento consiste en hacer de la regla una excepción; mucho más que quienes hacen de la excepción una regla.

La ciencia y el arte son idénticos en la proyección del mundo sobre coordenadas. Las diferencias de forma se deben a coordenadas diferentes. Todas las formas realistas están proyectadas sobre coordenadas inmóviles y planas del mundo euclidiano. No existen estas coordenadas en la naturaleza, no existe este mundo limitado e inmóvil, es una convención, una abstracción, una irrealidad. Y por eso el realismo es irreal: insondablemente más cercana a la realidad es la proyección sobre superficies curvas en movimiento… lo que hacen del mismo modo la nueva matemática y el arte nuevo. Un realismo no primitivo, no está en las realia, sino en las realiora… en el desplazamiento, en la deformación, en la torcedura, en la no-objetividad. Objetivo es el objetivo del aparato fotográfico.

Los signos básicos de la nueva forma −la velocidad del movimiento (del argumento y de la frase), el desplazamiento (сдвиг), la torcedura (en el simbolismo y en el léxico)− no son casuales: son la consecuencia de nuevas coordenadas matemáticas.

¿La nueva forma no es comprensible para todos, es difícil para muchos? Es posible. Lo habitual, lo banal es por supuesto más simple, más agradable, más cómodo. El callejón sin salida de Veresáev[viii] es muy cómodo… pero igual es un cómodo callejón sin salida. El mundo de los Euclides es muy simple y muy dificil el mundo de los Einstein… y, sin embargo, ya no podemos volver a Euclides. Ninguna revolución, ninguna herejía es cómoda y fácil. Porque es un salto en el que lo torcido hace explotar la evolución suave, y una explosión es herida y dolor. Pero hay que herir: la mayoría de la gente tiene la enfermedad hereditaria del sueño y a quienes padecen esta enfermedad (la entropía) no hay que dejarlos dormir, si no, el último sueño es la muerte.

Esta enfermedad es frecuente entre los artistas, los escritores: dormirse satisfecho en una forma alguna vez adquirida y dos veces perfeccionada. Y sin fuerzas para herirse a sí mismo, desenamorarse de lo amado y dejar los descansos habitables con olor a laurel por el campo abierto y ahí volver a empezar.

Es verdad, es difícil herirse a sí mismo, hasta peligroso: con Los doce Blok se hirió de muerte. Pero para quien está vivo, vivir hoy como ayer y ayer como hoy es aún más difícil.

1923

Notas

[i] Nikolái Ivánovich Lobachevski (1792 – 1856) fue un matemático ruso del siglo XIX. Fue uno de los primeros matemáticos que aplicó un tratamiento crítico a los postulados fundamentales de la geometría euclidiana.

[ii] Localidad a 15 km. de San Petersburgo donde hay un observatorio astronómico fundado en 1839.

[iii] François-Noël Babeuf, conocido como Gracchus Babeuf (1760 – 1797) fue un político, periodista, teórico y revolucionario francés. Murió guillotinado por intentar derrocar el gobierno del Directorio con la «Conspiración de los Iguales». Su teoría política, conocida como babuvismo, se considera una de las precursoras del comunismo.

[iv] El protopapa Avvakum Petrov (1620 o 1621 – 1682) fue un eclesiástico y escritor ruso, líder del cisma de los viejos creyentes contra la reforma de Nikon. La Reforma de Nikon fue, en Rusia, la nueva redacción de libros de cánones y litúrgicos ordenada en 1654 por el patriarca Nikon, a fin de acercar a la Iglesia ortodoxa rusa la Iglesia ortodoxa griega, primando el papel intervencionista del Estado en los asuntos eclesiásticos. La orden de quemar libros viejos provocó una fuerte resistencia entre los creyentes y parte del clero, iniciándose así el cisma de los viejos creyentes (o raskólniki, del ruso raskol o cisma), acaudillados por el protopapa Avvakum.

[v] August Weismann (1834 – 1914) fue un biólogo alemán. Desarrolló una teoría de la herencia basada en la inmortalidad del plasma germinal, que niega la teoría de Lamarck de la herencia de los caracteres adquiridos.

[vi] Teoría evolutiva que actualiza la hipótesis de Lamarck y considera que la adaptación individual mediante modificaciones es una fuerza de adaptación filogénica.

[vii] Calle de Moscú (n. del t.).

[viii] Vikenti V. Versáev (1867-1945), médico, escritor, traductor y crítico. Recibió el último premio Pushkin (1919) y el premio de Stalin de la Primera orden (1943). Zamiátin se refiere a su novela En el callejón sin salida (1922).

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