Iordán D. Radíchkov
Traducción: Eugenio López Arriazu
(Iordán D. Radíchkov nació en 1989 en Sofía, Bulgaria. Ha publicado cuatro colecciones de cuentos y ha sido traducido al húngaro, turco, inglés y alemán. Ha participado en numerosos proyectos artísticos y ganado varios premios nacionales e internacionales por sus cuentos, así como un premio nacional por sus logros en el campo de la literatura. Destacan su libro ¡El tumulto! O 25 horas en Sofía (2022), una colección conceptual de cuentos que explora cada hora en el ciclo de un día arrojando luz sobre los personajes de la ciudad en cada hora, y su novela El traje de madera (2025), donde dos policías recorren el interior de Bulgaria con un muerto cuya identidad buscan averiguar. Grotescos y llenos de humor, sus libros buscan pintar un cuadro fiel a la realidad de la gran ciudad como del interior de la Bulgaria actual. El cuento que aquí brindamos, fue publicado originalmente en Peat Nekogash, número 16, 2016, 4 септември – Пеат некогаш)
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El hecho del que voy a hablar ocurrió en un pueblito insignificante, y tal vez fue justamente eso lo que me llevó a fijarme en esas dos personas, a hacerles un par de preguntas, a ver cómo enlatan pescado y rezan en sus iglesitas y, después, de la manera más irresponsable, a recordar sus destinos ante el muy estimado lector. Y si los recordamos, vos y yo, querido lector, tal vez podamos sentarnos a fumar una pipa con los pescadores daneses y mirar el mar, donde quizá veamos algo que nunca antes habíamos visto.
Bjorn justo volvía del puerto, donde había anclado la barca en que desde hacía tantos años salía al mar y se entregaba a la merced de sus olas sin haberse estrellado ni una sola vez hasta entonces… ni lejos, ni cerca del puerto de Esbjerg.
Siempre salía con la misma disposición. Puede que se persignara —nadie lo miraba a Bjorn justo cuando subía a la barca, y además todos tenían bastante trabajo y preparativos serios que hacer antes de meterse en ese mar infinitamente serio aún no domesticado por el hombre— o puede que no se persignara. Pero apenas subía, siempre pensaba en su mujer y en el fogoncito que habían construido juntos en su pequeña casa.
Bjorn amaba mucho a su mujer, ¿y cómo no iba a amarla? No cualquiera tiene la suerte de encontrar una mujer tan buena y tranquila. Su Else era trabajadora, no mataba ni una mosca, y siempre, cuando él volvía del mar, la cena ya estaba lista, todo en su lugar y no lo molestaba con preguntas inútiles ni le llenaba la cabeza con pavadas. Ella siempre se ocupaba de lo suyo, como Bjorn de lo suyo.
Puede que los otros pescadores a veces se burlaran un poco de él, porque siempre se las arreglaba solo con la barca. Le decían que era medio tacaño por no contratar ayuda. De hijos no hablaban delante de él, y menos mal que en eso lo respetaban, porque Else nunca iba a tener hijos. Así había sido hecha por Dios y por sus padres, y nunca podría darle a Bjorn un heredero.
Tal vez justamente ese hecho fortalecía tanto el amor de Bjorn por Else. Tal vez de ahí venía ese cariño aún mayor, completamente incondicional, esa ternura con la que miraba a su mujer —que, a pesar de todo, se quedaba a su lado—; puede que incluso fuera más fuerte que él, porque si Bjorn alguna vez había dejado escapar una o dos lágrimas, ella nunca se había quebrado. Por el contrario, seguía deslomándose en esta vida miserable con la misma obstinación y sonrisa incansable por las que eran famosas las mujeres de Esbjerg.
Y Bjorn no se permitía contratar ayuda, porque sabía muy bien que su barquita era un cascarón en las fauces de ese infierno marino, frío y bullente a la vez, donde a los daneses les había tocado ganarse la vida: pescar, salar y conservar el pescado y sostener el cuerpo con la pesca más pura del planeta. ¿Cómo iba uno, así nomás, a llamar a un desconocido y decirle: ¡vení, no nos conocemos, pero subite a este cascarón de porquería y salgamos al mar embravecido, de donde no sabemos si vamos a volver ni, si volvemos, si habremos pescado aunque sea algo para la mesa de hoy!?
Tal vez Bjorn tenía demasiado respeto por los hijos que no había tenido y por la vida humana en general como para engañar así a alguien, solo por sacar más pescado. Porque pescado hay de sobra bajo esos cascos de madera que se deshacen. Pero el ojo humano es codicioso, no se sacia: ve un pez y se imagina cien, todos brillantes, oliendo a mar; se imagina las redes llenas, y se enciende una llama mala en ese ojo insaciable, y tal vez esa llama algún día nos queme a todos. O tal vez no nos queme, si logramos cambiar algo.
—¡Buenas noches, Bjorn! —gritaron los pescadores tras ese hombre pensativo, no muy grande, un poco patizambo, de andar tambaleante, que se alejaba del puerto.
—¡Hasta mañana, muchachos! —dijo Bjorn sin darse vuelta, pero sonriente.
Y los otros pescadores también sonrieron, escupieron al mar y siguieron fumando sus cigarrillos y pipas, riéndose y charlando capaz que sobre alguna historia de sirenas o de algún espíritu marino visto cerca de Esbjerg. Porque por el fondo del mar, si bien todavía no está del todo explorado ni revelado para que el ojo humano lo vea en todo su esplendor, andan espíritus del agua, sirenas y seguramente muchas otras criaturas aún sin nombre. Y puede que nunca nos esté dado verlo, y quizás esté bien así. Con seguridad, hay cosas en este mundo que es mejor no conocer ni ver jamás; puede que haya algunas que, con solo verlas, nos dejen ciegos para siempre, porque nuestros ojos nunca fueron hechos para tanta belleza o tanto horror.
Caminaba Bjorn. El sol todavía no se había caído del cielo, pero ya colgaba amenazante sobre los campos prolijos y las iglesitas de Esbjerg. Miraba ese hombre el pueblo donde había nacido y seguramente pensaba algo para sí, o tal vez pensaba en sus hijos no nacidos, porque, sin darse cuenta, su mano se movió como si acariciara la cabecita de un niño.
Cuando llegó a su casa, las estrellas ya adornaban el cielo y Bjorn vio la fina columna de humo que salía de la chimenea; las ventanas brillaban, un poco empañadas, lo que quería decir que otra vez Else había estado horneando… mmm desde aquí se siente: basta con respirar para darte cuenta de que tu mujer otra vez se superó con algún plato, y uno no entiende cómo, con ingredientes tan simples, logra hacer algo así.
—Hola, Else —la saludó Bjorn y se sentó en la silla de la cocina, donde todo era tan cálido y acogedor que enseguida se le escapó una sonrisa, delatando ante su mujer cuánto la quería, que el día había sido duro, pero el mar otra vez lo había perdonado y permitido volver con ella y darle ese pescado de un olor que nunca se va de las manos: tomá, yo no lo quiero comer, pero sé que vas a hacer algo que me voy a chupar los dedos; y si tuviéramos una hijita le daríamos también de comer, pero aunque no la tengamos, te quiero y te respeto tanto que voy a estar acá hasta el final.
—Hola, Bjorn —respondió Else, y le sonrió apenas, casi en secreto, y la sonrisa decía tan poco comparada con la suya, que por un instante Bjorn se sorprendió. Porque Else, como cualquier mujer —sea de Esbjerg o de Katmandú— sabe sonreír de tal manera que uno no entiende nada, nosotros, pobres hombres, y nos quedamos pensando: mirá vos, yo tan feliz, y ella parece que no da un peso por mi felicidad.
Pero no solo un peso, sino todo lo da tu Else, vos sabés, querido Bjorn, daría la vida por vos, pero no se va a poner a hablarte de sus pensamientos. Sabe cuánto peleaste hoy con espíritus y monstruos del agua, sabe que estás muerto de cansancio, que solo querés sentarte, tomar algo, fumar un cigarrillo y mirar la pared, donde pasan las imágenes de toda la vida juntos, hasta que te adormecés, y ella te empuja con suavidad:
—¿Querés comer más, Bjorn?
Pero él ya estaba tan cansado que no podía ni responder. Else lo entendió enseguida, lo besó en la frente y lo ayudó a llegar a la camita. Crujen los resortes, sí, pero arriba hay mantas y acolchados; y esa noche también se van a calentar abrazados, se van a dormir enseguida, y van a soñar; a lo mejor sueñen con Katmandú, donde juegan con sus hijos y pasa un espíritu del agua, pero bueno, de los buenos, y se pone a jugar a la pelota con ellos, y todos se ríen y se ríen, hasta que el sol empieza a subir por el cielo.
Y otro día más, Bjorn. ¡Arriba! Else ya está despierta desde temprano, todavía de noche, preparando el pescado, cocinando, ordenando, tocando, acomodándolo todo. Ahí tenés el café, querido, algo para picar antes de volver a esa lucha despiadada con esta vida miserable, en ese mar infinito. Porque la vida resulta ser como el mar, y nosotros vamos en un cascarón sobre él, tratando de robarle alguna migaja, con espíritus abajo amenazándonos y pensando en nuestra Else —ojalá hoy también volvamos, ojalá podamos acariciarla con nuestras manos ásperas de pescador, dormir otra vez y soñar con ese lejano Katmandú.
Bjorn miró a su mujer y sonrió. Rara vez el pescador se permitía esas ternuras por la mañana.
—¿Sabés, Else? Todavía te quiero como el primer día que nos conocimos.
Else se puso toda colorada y le dijo que no se pusiera sentimental tan temprano, que si el mar ve a un pescador enternecido, lo destroza. Y los dos se rieron. Se rieron y tomaron su café danés y su té danés con azúcar danesa.
Y sobre la casa pasó un avión enorme. Mirá, Bjorn, ¡qué enorme! Con aviones así la gente puede ir incluso más lejos que Katmandú. El avión pasaba con suavidad, flotando en el cielo. Se abrió una puerta en su vientre y con un leve y melódico “fiu”… cayó sobre Esbjerg la bomba que el 4 de septiembre de 1939 destruyó una casa y se llevó la vida de dos personas.