Traducción: Eugenio López Arriazu

(Iordán D. Radíchkov nació en 1989 en Sofía, Bulgaria. Ha publicado cuatro colecciones de cuentos y ha sido traducido al húngaro, turco, inglés y alemán. Ha participado en numerosos proyectos artísticos y ganado varios premios nacionales e internacionales por sus cuentos, así como un premio nacional por sus logros en el campo de la literatura. Su último libro “¡El tumulto! O 25 horas en Sofía” es una colección conceptual de cuentos que explora cada hora en el ciclo de un día arrojando luz sobre los personajes de la ciudad en cada hora. Los personajes comparten algunas características, tales como la soledad y el ensoñamiento, creando así el rostro de la ciudad tal como es. Grotesco y lleno de un humor amargo, el libro busca pintar un cuadro fiel a la realidad de la gran ciudad de la Bulgaria actual.)
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Lo consideraban perdido. Es decir, no pertenecía a ningún lugar ni a nadie, por lo que puede decirse que estaba perdido. Cuando todos se levantaban, él aún dormía. Cuando todos trabajaban, él seguía descansando. Cuando todos descansaban, él seguía trabajando, se ponía en movimiento solo en plena noche.
¡Un caso perdido!, decía la gente a su espalda y no estaban seguros ni de si trabajaba en realidad en algo ni de cómo en realidad subsistía. En los raros momentos en que se encontraba con otras personas vivientes, siempre hacía o decía algo que no le agradaba en absoluto a quienes lo rodeaban. ¡Perdido!
Quizás precisamente esa discrepancia con el ritmo de la vida, quizás precisamente las tonterías que decía y hacía, ayudaban a su entorno a tacharlo de perdido y no daban un centavo por saber qué buscaba ese individuo o si buscaba algo en realidad, por dónde caminaba o si iba a alguna parte ni en realidad qué hacía.
Porque esta siempre ha sido, me parece, una pregunta muy importante: ¡qué hacés! Todos quieren hacer algo, pero aún más quieren saber qué hacen los demás. Ya sea que hagas algo muy grande, o que hagas algo microscópico apenas notable, a toda costa hay que saber qué.
Me imagino la conmoción que tendría el entorno del perdido si supiera lo poco que este hacía. Pero eso sería consecuencia de su definición de cómo medir cuantitativa y cualitativamente cada trabajo particular. Porque si quienes lo rodeaban entendieran lo que hacía el perdido, no solo lo tacharían de perdido, sino que definirían su trabajo no como trabajo, sino como una pérdida de tiempo
Todas las mañanas a eso de las 3, el perdido, que no pertenecía ni a nadie ni a ninguna parte, aparecía en las calles del centro de la ciudad, miraba al cielo y suspiraba profundamente. Miraba un tiempo las nubes, las estrellas, lo que fuera que dios hubiera permitido que se viera esa noche con el ojo humano en el firmamento, y muy contento del resultado se reía misteriosamente.
Al poco, continuaba por las calles y si alguien lo siguiera diría que ese hombre no iba a ninguna parte, no buscaba nada. Pero eso solo sería al primer vistazo. De vez en cuando, el perdido se detenía ante alguna vidriera, se apoyaba en el monumento de un gigante sumido en el sueño eterno, de cuando había gigantes y nunca nadie se había perdido, se sentaba en un banco o se paraba en medio de la calle y se quedaba un largo tiempo contemplándolo.
¡Un tiempo perdido!, exclamaría su entorno, pero ya es hora de que notemos que las observaciones de quienes lo rodeaban son una pérdida de tiempo y aunque no queremos ofender a nadie con semejante afirmación, tampoco nos lo tomaríamos demasiado a pecho si lo hiciéramos.
Porque sería muy fácil mover displicentemente la mano y decir que el hombre está perdido. Sí, cuando alguien no comprende un trabajo, cosa que por otra parte sucede y con frecuencia afirma, mueve la mano y dice que es una pérdida de tiempo.
Pero no podemos no decir qué estaba haciendo en verdad el perdido. Buscaba cosas perdidas por las calles de la ciudad. Que a nadie le asombre la afirmación de que en la ciudad constantemente se perdían diferentes cosas. Alguien puede perder las llaves o alguna moneda, quizás los cigarrillos se te caigan del bolsillo, se te puede volar el sombrero de la cabeza, y en general: tarde o temprano todo lo que lleves encima o en los bolsillos puede acabar en el suelo de la ciudad.
El perdido lo sabía y todas las mañanas a eso de las 3 recorría la ciudad y buscaba los valores perdidos. Era una hora ideal para ello. Justo después de que alguien perdiera algo y justo antes de que los barrenderos, los camiones y el apuro cotidiano pisoteara las cosas perdidas.
Hasta ahora, bien, digamos que quizás todo el asunto del perdido no sea tanto tiempo perdido, quizás incluso tampoco él esté tan perdido. Pero un día sucedió algo muy místico que de inmediato haría exclamar al serio séquito de quien les habla: tonteras, es una pérdida de tiempo, y también vos estás perdido; pero, lamentablemente, mi querido entorno, así pasó exactamente.
El perdido encontró un papel, nada, nada importante, y por un interés enfermizo lo abrió y encontró una carta de amor. Al perdido se le estremeció el corazón, se sintió incómodo al leer la carta y se enteró de un amor infeliz que se autodefinía como no correspondido y al final de la carta había escrita una dirección a la que había que enviarla, pero la misiva decía que el amante nunca alcanzaría esa dirección.
El perdido se sentó toda la mañana frente a la oficina del correo, hasta que abrió y sin la menor contemplación se metió en una vida ajena y envió la carta.
Si llegó a la amada, si fue demasiado tarde, si se reunieron o si el perdido creó una situación muy desagradable… nunca lo sabremos.
Pero a partir de esa noche, el perdido empezó a buscar otras cosas perdidas en las calles de la ciudad. En su perdida cabeza creía que en las calles de la ciudad también encontraría muchos deseos incumplidos, anhelos ocultos, planes sin realizar, amistades fallidas, corazones rotos y amargas esperanzas. Y todas las mañanas a las tres de la mañana, el perdido recorría la ciudad para buscarlos.
Una pérdida de tiempo, me dirá la multitud que me rodea y se sonrojarán al mismo tiempo porque ya sentirán mucha curiosidad por saber si el perdido no ha encontrado también sus anhelos perdidos.
Ojalá, querida multitud, ojalá el perdido encuentre también nuestros sueños y esperanzas, y se meta sin la menor contemplación en nuestras vidas y trate de restaurarlos, porque, pobres de nosotros, no logramos hacer nada nosotros mismos, sino tan solo convertirnos en perdidos que a nadie pertenecemos.
Del libro de cuentos El tumulto, Zhanet 45, Plovdiv 2022